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martes, 19 de junio de 2012

En los sótanos de la Lubianka

Me dirijo con mi brazo en ángulo recto bien protegido por mi escayola-exoesqueleto hacia lo que los médicos se empeñan en llamar rehabilitación. !!!Ja¡¡¡. Yo no me imagino una clínica de rehabilitación, porque no soy un ingenuo infeliz que acude allí por primera vez. No me hace falta imaginar porque yo recuerdo. Y recuerdo mi rehabilitación de rodilla de hace tres años en los sótanos de la Gestapo. Imagino el reencuentro con Gustav, del que escapé vivo por los pelos, y deseo que no me recuerde para que así tal vez me deje morir en paz en un rincón sin demasiado ensañamiento.

Entro nuevamente en la luminosa y limpia entrada de la clínica. Mientras sudores fríos recorren mi cuerpo, mientras el recuerdo de las torturas pasadas me acobarda, me atienden simpáticas y sonrientes mujeres con bata blanca. Y es que la burocracia es parte esencial de todo sitema de torturas. Cuando acabo con el papeleo me indican que pase a la "zona de rehabilitación", que es como ellos llaman a la sala de torturas.

Justo cuando me dirijo hacia el pasillo que lleva a los lúgubres sótanos de la Gestapo, una de las sonrientes chatis de bata blanca me dice que no, que no es por ahí, que han ampliado instalaciones y ahora la sala de torturas, ella dice zona de rehabilitación, se encuentra enfrente cruzando la calle.

Cruzo la calle extrañado y abro la puerta. Un gran vestíbulo vacío, luminoso y destartalado me recibe con un eco cuando digo hola. Al cabo aparece una nueva froiland desconocida para mí. Dudo... parece de la Stasi, pero es más fina, menos ruda. Ni la sitúo a ella ni me sitúo a mí.

Mira con desprecio mi larga barba. Creo que no había contado que sin mano derecha no me afeito ni de coña, y no quiero arriesgarme a que me afeiten los amigos que se han ofrecido porque no querría quedar con el aspecto de Niki Lauda o el del poli víctima del señor Rubio en Reservoir Dogs. Así que llevo barba de de un mes. Mis amigos me llaman trotskista Aunque no sé por qué, pues Trotski no llevaba mis barbas.

Desciendo al sótano y me sorprendo. Este sótano no tiene nada que ver con el de antaño. Este sótano es más amplio, más luminoso. Los torturados están distribuidos en celdas individuales y los torturadores deambulan de una a otra celda provocando tímidos gemidos de dolor con sus entradas. Me llevan a mi celda de aislamiento. Allí veo la máquina de corrientes eléctricas, y también un extraño aparato lleno de gomas y hierros junto a una camilla, supongo que para interogatorios. Me dejan solo con mis pensamientos.

Suena una tenue música ambiental. Es bossa nova. Por lo demás silencio sólo interrumpido por algún leve quejido, algún tímido gritito prodcuto del dolor proviniente de una de las otras celdas donde infelices como yo son torturados.

Cuando los nervios y el terror me atenazan en soledad aparece la froiland. Se acerca. Es muy joven, fina, de tez blanca. No habla y cuando lo hace le delata su acento cirílico.

Cuando empieza a torturarme cierro los ojos y medito. Demasiada sutileza, demasiado orden. Las víctimas aisladas, la música bossa nova de fondo para dar un toque humano a la inhumanidad. Aquí prima más el aislamiento. Te torturan igual, pero no ves a los otros. Y de repente lo entiendo todo...

No estoy en los sótanos de la Gestapo. Estoy en los sótanos de la Lubianka, en Moscú, en la plaza del mismo nombre. Y la froiland no es de la Stasi. Es una comisaria del NKVD, y su bata blanca sólo disimula su uniforme entallado, con falda, chaqueta y una estrella de los Soviets. Tiene toda la pinta de tener un nombre de novela de Vassili Grossman, algo así como Ylenia Alexandra Sháposhnikova, y apodarse Shasa. Pero como me hace llamarle camarada no me entero.

Y también sé por qué estoy allí. Mi codo es la excusa, pero mi barba trotskista me delata. Comienzan las corrientes eléctricas en mi brazo. El primer interrogatorio y ya estoy dispuesto a confesar que soy trotskista y que participé en una conspiración para ofrecer un puesto de liberado sindical a Stajanov.

Pero a ella todo le da igual y me tortura inmisericorde. En un momento de semiinconsciencia pienso si tal vez Alexander Solzhenitsyn no acudió a más de una clínica de rehabilitación allá, en su Rusia natal.

Cuando despierto ya me han soltado y me estoy pirando a casa. Mi codo está rojo como un tomate y me duele una barbaridad. Y mañana me toca más. Al menos no hay ni rastro de Gustav. Debe estar extrayendo plomo de las minas del Soviet, allá por la península de Kamchatka. Son los riesgos del cambio de régimen.

miércoles, 13 de junio de 2012

Ángulo recto

Qué ufano y alegre entra uno en casa cuando sabe que se puiede quitar la maldita escayola. Pero amigo, las cosas no son tan fáciles como parece. Desabrochar la cremallera es harto cmplicado, y una vez desabrochada es necesario retorcder el brazo y hacer dolorosos movimientos para poder quitársela. Un puto calvario.
El caso es que cada vez que me quito la escayola me toca pedir ayuda a mi señora, que está empezando realmente a estar hasta los güevos de mí. Pero mes lo que hay, qué le vamos a hacer.
Las primeras veces que uno se quita la escayola se siente indefenso, desprotegido. Y es que el neofrack hace unas interesantes funciones de exoesqueleto y sujeta el brazo. Así que te quitas el exoesqueleto y te sujetas el brazo con la mano sana para no morir de dolor y porque no tienes fuerzas para luchar contra la gravedad y evitar que el brazo vaya para abajo.
Tras quitarse varias veces el exoesqueleto uno va aprendiendo y va descubriendo que el dolor provocado por la gravedad se da en el hombro y no en el codo, así que poco a poco se ejercita el hombro hasta llegra un momento en que el brazo puede sujetarse solo.

Pero claro, el problema es el codo, y entonces cada vez que te quitas el exoesqueleto descubres que el brazo ha quedado en ángulo recto. Parece una tontería pero no lo es, porque un brazo en ángulo recto tiene sus limtaciones, que viene provocadas por la costumbre del cerebro de hacer todas las cosas con la derecha.

Un ejemplo es la ducha: la mano está en la posición natural de poner el jabón, en ángulo recto y con la palma extendida hacia arriba. Así que el cerebro evía la orden y cuando uno vuelve a la realidad se encuentra con el gel en la mano y con la imposibilidad de acercar dicha mano al cuerpo. Imagínese ese momento en que va a frotarse con el gel la barriga y nada, el brazo no cede y ahí se queda, de pie, con el agua chorreando desde el pelo, y con cara de gilipollas sin poder untarse el gel en la piel.

Si quiere beber un vaso no le digo nada. En la mesa puede cogerlo sin problemas con su maldito brazo en ángulo recto, pero cuando va llevárselo a la boca llega el tope que hace el codo y se derrama el vaso sobre la camisa.

También es verdad que el ángulo recto tiene sus ventajas. Porque salvo que usted esté casado con la esposa de Karembeu (que obviamente no lo está salvo que usted sea Karembeu), el culo de su señora queda más bajo que su mano en ángulo recto. Y así no le puede tocar el culo, lo que evita muchas discusiones matrimoniales.

El caso es que con el ángulo recto llega también el gran día. El día del retorno. La vuelta a los sótanos de la Gestapo que algunos llaman centro de rehabilitación, y el reencuentro con Gustav, el psicópata al que algunos llaman fisioterapeuta. La expectación es máxima, y el acojono también. Pero eso toca en la próxima entrada.

viernes, 8 de junio de 2012

!!Escayola fuera¡¡

Acudo a la cita con el traumatólogo. Me siento frente a él, me mira, me pregunta fechas, extiende un papelito y me dice que me vaya esa tarde a la Ortopedia para cambiarme la escayola por un "neofrack". ¿Qué es eso? pregunto. Me contesta que es una escayola de quita y pon. Me dice que la debo llevar puesta y quitármela sólo para ducharme y 4 veces al día para hacer ejercicios. Me voy contento.

Por la tarde acudo a la ortopedia indicada y empieza una nueva sesión de mi aventura convaleciente. Cuando llego y expongo mi encargo me llevan a la trastienda. Le puedo asegurar, querido lector, que no existe nada más inquietante que la trastienda de una ortopedia. Allí verá usted sillas de ruedas, prótesis de piernas, imitaciones de manos y todo tipo de extraños hierros, corsés y correas ajustables al cuerpo que uno pueda imaginar. Parece el sótano de una película de terror. Uno teme que en cualquier momento puede aparecer por allí un tío grandullón con cara de retrasado blanciendo una motosierra, como en la famosa peli. Y el caso es que uno está allí en un extraño estado en el que se pasa del acojono a la inquietud y de la inquietud al agradecimiento por no ser usuario de esos extraños artilugios que sólo Dios sabrá para qué sirven.

Me meten en una habitación y al poco entra un tipo con bata blanca y una especie de tijeras de podar alcornoques que se lanza con fruición sobre mi brazo. Con las tijeras de podar alcornoques va cortando la escayola, con el consiguiente dolor y riesgo para mi salud. Cuando me la quita nos llega un golpe de olor nauseabundo producto del sudor de dos semanas comprimido bajo la oscuridad de la escayola. Y entonces aparece esa cosa.

Sí, querido lector. Usted lo adivinó. Aparece esa cosa que antes era un brazo. La primera impresión es que el brazo se cae, porque es imposible mantenerlo ya que uno no tiene fuerza, así que me toca sujetarlo con mi mano izquierda. Y es cuando aprecio lo que hay: un despojo blanquecino, maloliente, unos huesos rodeados de carne cuasi putrefacta. Donde antes había sonrosados músculos hay ahora una especie de alambre rodeado de una carne asquerosa. ¿Cómo explicarlo? Meta usted un muslo de pollo empapado de sudor y paséelo dos semanas envuelto en un papel: cuando le quite el papel verá algo parecido a mi brazo.

Pero eso no es todo. La escayola ha producido úlceras sangrantes en diversas partes de la piel, y el brazo no sólo parece el de un muerto en una mesa de disección, no sólo huele a podrido, sino que además sangra por una especie de pustulencias asquerosamente asquerosas y espantosamente espantosas.

 
Aspecto aproximado de un brazo cuando se le quita la escayola

Tras ver mi cara, el fulano me espeta: "No te preocupes, eso no es nada. Tras quitar una escayola yo he llegado a ver hasta gusanos". No sé si dice la verdad o miente, pero al menos me queda el consuelo de no tener el brazo lleno de gusanos devorando carne.

El tipo se va y me quedo solo. Rezo para que no entre nadie armado en la habitación que haya visto "The Walking Dead", porque seguro que me pegaba un tiro en la cabeza. Y es que ésa es la realidad. Ése no es mi brazo, es el brazo de un muerto, de un ser que revive para pasearse y devorar a los vivos. Si me viera George A. Romero me fichaba de inmediato para su próxima peli de zombies. Anda que no se iba a ahorrar pasta en maquillaje enseñando mi brazo una y otra vez.

Aparece de nuevo el mismo tipo, esta vez acompañado de otro. Traen una batidora y unos extraños ungüentos. Mezclan un bote de pintura azul con una especie de barniz, lo baten bien, me colocan una especie de funda y la rellenan con el ungüento para que se adapte a la forma de lo que un día fue mi brazo. Cuando se seca se ha quedado una especie de escayola adaptada a lo que un día fue mi brazo con unas prácticas cremalleras para que me la pueda quitar cuando sea necesario.

Finalmente abandono el sótano del terror de la ortopedia, más proximo al sótano de la peli "La matanza de Texas" que a otro lugar conocido, y paseo ufano por la calle con mi nueva escayola "neofrack" de quita y pon, agradeciendo no llevar lo que un día fue mi brazo al aire para que no crea la gente que el holocausto zombi ha comenzado.

Lo mejor de todo es que al llegar a casa, por fin, ya me puedo duchar y lavar el brazo para quitarme ese espantoso hedor a muerto. Aunque las nuevas experiencias ya las contaré otro día, claro está.

martes, 5 de junio de 2012

Escayola, olor y ordenador

Si ha leído usted las enteriores entradas habrá visto que la escayola tiene sus inconvenientes, comenzando por las relaciones sexuales y tertminando por algo tan sencillo como beber un vaso de agua.

Pero hay dos cosas en que nunca se me habría ocurrido pensar: el olor y el ordenador.

El olor: Sí, amigo lector. Ha leído usted olor y no dolor, que el dolor ya se supone tras notar cómo se desgarran y rompen todos los ligamentos del codo. La escayola huele...
Verán. Si ustedes recuerdan el motivo de la lesión fue un accidente de bicicleta, por lo que la entrada en Urgencias fue con el preceptivo uniforme de ciclista y la correspondiente sudada de quien realiza ejercicio físico.
Por allí nadie pensó en un hecho tan sencillo como el sudor. En mi caso fue por el dolor. En cuanto a los médicos sencillamente pasaron del tema. Así que a uno le meten la escayola sobre un brazo sudado y cuando llega a casa se ducha. Sin embargo el brazo está oprimido por la escayola y no se puede lavar.

Llene de sudor su piel, enciérrela dos semanitas sin que le dé la luz y deje que el sudor reaccione al espacio cerrado, a la falta de aireación. El proceso químico correspondiente deja una especie de ácido o quién sabe qué de un olor pestilente y nauseabundo.

La parte positiva es que el olor permanece encerrado y no suele salir a la superficie. La parte negativa es que a veces emana al exterior desde su hombro y le fríe la pituitaria. Bueno, también es negativo pensar qué clase de gusanos y parásitos recorrerán su brazo atráidos por tan delicioso cóctel de sudor macerado en 2 semanas de encierro.

El ordenador: Son ustedes inteligentes y ya lo han adivinado. Escribir sólo con la mano izquierda hace que una triste entrada en este blog me cueste tanto tiempo como a Stephen Hawking escribir una conferencia. Estoy hasta los güevos de la escayola. Menos mal que mañana ya me la quitan...