ESTE BLOG SE CERRARÁ EN BREVE (si no tenemos tiempo para mantenerlo... ¿para qué tenerlo parado?)

lunes, 7 de mayo de 2012

Urgencias

En cuanto me recupero de la batalla del cabestrillo de la que ya hablé en la entrada anterior miro a mi alrededor. Estoy en el vestíbulo de Urgencias. No sé cómo será en Noruega, pero en España el vestíbulo de Urgencias es lo más cercano al caos que uno haya visto.

Varios enfermos de a saber qué pero con pinta de estar muy jodidos yacen en sus respectivas camas adosados a la pared del pasillo si que nadie les haga ni puto caso. Un tipo pasea con un trapo lleno de sangre tapándose la frente. Familiares nerviosos pululan para arriba y para abajo molestando a todo el mundo. Junto a mí una pobre anciana emite quejidos guturales producto de quién sabe que extraña enfermedad infecciosa. Una tipa con pinta de estar muy perjudicada tose con una mascarilla puesta. Tiene todo el aspecto de sufrir la mutación más jodida del ébola. Todos estos y muchos más se mueven o siguen quietos ocupando todo el espacio. El único huequecito que queda lo ocupo yo, en medio de todo ese caos, luciendo el cabestrillo cutre, porque me han quitado lo único decente del día: mi cabestrillo modelo king-size. Si se abriera una puerta y nos atacara una horda de zombies el equilibrio sería perfecto y todo cuadraría. Pero no. Sólo reina el caos.

De repente aparece de la nada un celador y me arrastra en la silla de ruedas como si fuera Valentino Rossi. El mamón hasta derrapa en las curvas, y justo cuando baja una centésima de su anterior transporte me deja en la sala de esperas de Urgencias.

La sala de espera de Urgencias es muy diferente de la entrada de Urgencias. Aquí no reina ese caos tan caótico. Aquí reina un caos ordenado, menos estridente. La otra característica de las salas de espera de Urgencias es que se cumplen unos patrones tan típicos que parece que siempre se encuentren allí las mismas gentes. Cualquiera que haya acudido una sola vez en su vida a la sala de espera de Urgencias me tendrá que dar necesariamente la razón cuando le diga lo que vi en esta ocasión (y en todas aquellas que haya podido visitar la sala de Urgencias de cualquier Hospital):
En una sala de suelo de mármol ocre que ya ha perdido su brillo se distribuyen una serie de incómodas sillas azules donde esperan siempre los mismos enfermos. Un tipo con el ojo en sangre y lloroso, que se aplica una gasa sanguinolenta ya bastante asquerosita. Un macarrilla ciclado que acompaña a una choni escotada que porta tantos tatuajes que resulta imposible saber cuál es su mal. Un abuelo decrépito, de tez tan blanca como la muerte y unos pocos pelos canosos desaliñados que dormita en una silla de ruedas de la que cuelga un aparatejo del que sale un tubo transparente que le llega a la nariz, se supone que para respirar. Otro abuelo sentado en otra silla de ruedas que no se entera de nada y al que su oronda hija no hace más que preguntarle cosas a gritos. Una tipa nerviosa que se enzarza en una absurda discusión con una enfermera acerca de si se oye o no se oye cuando llaman al enfermo porque igual se le pasa el turno a su madre. La enfermera le contesta conteniéndose, porque se nota que la quiere matar, pero allí se contienen las dos y finalmente la bronca se queda en discusión algo subida de tono. Y nunca falta la papelera, una papelera azul de la que rebosa una bolsa de basura llena de todo tipo de gasas y apósitos sanguinolentos.

Todos los elementos prototípicos anteriores ocupan un 10% de la sala de espera de Urgencias. El otro 90% lo ocupa el elemento imprescindible de cualquier espera en Urgencias: la familia gitana.Y es que sin la familia gitana una sala de esperas no lo es. Varias señoras vestidas de negro discuten acaloradamente mientras una de ellas le echa una bronca impresionante mezclada con lloros a un gitano con sombrero, también de negro, que pasa olímpicamente de ella,  de la bronca y de los lloros. Varios chiquillos del clan con unos mocos verdes colgando corretean por allí mientras una chica que no debe tener los 16 años se saca la teta y le da el pecho a un bebé. Tres adolescentes de inquietante aspecto están medio tirados en la silla observando al personal sin decir nada.
Podrá usted pasar horas en una sala de espera de Urgencias y analizar uno a uno a todos los miembros del clan gitano. Es imposible que averigüe cuál de ellos es el enfermo.

La observación es una cualidad muy a tener en cuenta en la sala de espera de Urgencias. El brazo duele igual y puede que no averigüe cuál de todo el clan gitano es el que va a ser atendido, pero al menos uno se entretiene.

2 comentarios:

JL dijo...

Aún puedes dar gracias a que los gitanos no metieron en la sala el jumento y la fregoneta, pero todo se andará.

Y también que no diste con la típica reprimida doméstica que te cuenta su vida en fascículos durante la interminable espera y que dejaría a la altura del betún al mismísimo abuelo Cebolleta y sus cien mil cipayos. Tanto, que tras examinar la evolución de las heridas del brazo, necesitarías un tratamiento de choque mental para desfragmentar tu disco duro de tanto virus verbal inoculado.

Señor Ogro. dijo...

Me destapo el craneo don Pkdor

He echado en falta una figura insustituible en toda sala de urgencias: el enfermo que no debería estar en urgencias.

Mi mujer trabajó una temporada en urgencias y me contaba historias que veía. Naturalmente, no podían faltar las historias no de gitanos, sino de clanes de gitanos que llenaban la sala de urgencias con su habitual "decoro y respeto". Como los peronistas, son simplemente incorregibles, ajenos al sistema y sus normas.

Pero a lo que me refería yo, es a la mítica figura del abuelo cebolleta, que como no tiene otra cosa que hacer se dedica a visitar urgencias, como si fuera una obra, a ver que se cuece. Me contaba la mujer de un abuelo que en tras esperar en la abarrotada y saturada sala de urgencias, le decía al médico que tenía los pies frios. El médico claro está.. alucinado y sin saber si echarle la bronca o echarle a los perros.

Me da que si le hubieran cobrado 5 euros por la consulta, el abuelo se habría puesto unos calcetines mas gordos en vez de ir a hacer el ganso.