ESTE BLOG SE CERRARÁ EN BREVE (si no tenemos tiempo para mantenerlo... ¿para qué tenerlo parado?)

lunes, 28 de mayo de 2012

La escayola y el sexo

Como ya se ha explicado la escayola va desde el hombro hasta la mano, inmovilizando completamente codo y muñeca, y dejando el brazo en ángulo de 90º pegadito al cuerpo. Esta explicación es necesaria para entender esta entrada.

Lleva varios días escayolado y su señora está hasta los güevos, porque usted necesita ayuda y tenerla cerca para asuntos básicos. Sin embargo cuando entran en el tálamo ella ni se le acerca.

El caso es que uno tiene sus necesidades aun estando escayolado, así que cada noche empieza a lanzarle puyas, pero ella le contesta que usted no se encuentra bien y que no tendrá ganas. (Resulta curioso, pero siempre que hay un motivo concreto para evitar el tema, a la mujer casada le deja de doler la cabeza o deja de estar cansada.) Usted elige la peor opción, porque le contesta lo que normalmente contestaría cualquier hombre: "oye cariño, que me han escayolado el brazo, no la polla". Habráse visto. Veinte años de matrimonio y su cerebro masculino no se ha dado cuenta de que hay cosas que no se le pueden decir a la esposa.

El caso es que finalmente la convence y una ilusionante noche se ponen a la faena. Cuando ella se le arrima se encuentran con el obstáculo: el brazo escayolado lo tiene usted pegado a su pecho (al suyo, no al de ella que ya quisiera usted), y además la escayola abulta y pesa más de lo que parece. Por ello su señora choca con la escayola, ya que usted no tiene forma de apartar el brazo. ASí que la escayola se interpone entre los dos. Ella se queja. Mal comienzo.

Cambian de postura e intenta arrimarse desde otra posición. Pero no. Cuando no es por la parte de la muñeca es por la del codo, pero se pongan como se pongan la escayola se interpone entre ambos y ella se hace daño o está incómoda. Así no hay manera.

Su señora lo sigue intentando hasta que usted, con el objeto de facilitar las cosas, mueve como puede el brazo con tan mala fortuna que le aplasta una teta con toda la escayola. Da igual que usted intente explicarle que el brazo es todo uno, sin articulaciones por culpa de la puta escayola. Ella se queja amargamente y le manda a la mierda dándose la vuelta. Su sesión de sexo ha expirado amigo. Game over.

Así que usted se queda tumbado teniendo dura no sólo la escayola, y pensando que usted se lo haría hasta debajo del agua con traje de neopreno puesto y rodeados de tuburones si hibicrea falta, mientras su señora busca cualquier incomodidad para evitarlo. Con eso se queda, con sus deprimentes pensamientos.

Lo mejor de todo es que en todo el tiempo que usted pase escayolado su señora no va a padecer ningún tipo de cansancio ni ningún dolor de cabeza, dolencias que sólo volverán  cuando la escayola desaparezca y usted se arrime a su señora buscando guerra. Nunca imaginó el poder curativo de una escayola y sus mágicas propiedades contra el cansancio y el dolor de cabeza femeninos.

jueves, 24 de mayo de 2012

Escayolado en la ducha

¿A que ducharse es fácil? Pues escayolado no.
Métase en una plancha de ducha de 1 metro por 1 metro con mampara de cristal y vivirá en sus carnes lo que es un encierro, y no lo decimos precisamente en el argot taurino. Lo primero es colocarse una bolsa de plástico que tape la escayola para que ésta no se moje. Ardua tarea colocarla y atarla sólo con la mano izquierda, pero finalmente y a duras penas lo consigue.

Cuando entra en la ducha la puerta choca con su brazo, y usted sabe que le conviene cerrarla porque de lo contrario encharcará el baño y su señora le meterá el mocho por el culo. Así que mete barriga para dejar espacio a la escayola, contiene la respiración y con gran esfuerzo consigue cerrar la puerta a golpetones.

¿Cree que la cosa ya está clara? Pues usted es un ingenuo. Cada mínimo movimiento que realice será un golpe tremendo con la escayola a la mampara con grave riesgo de que ésta caiga al suelo hecha añicos. Así que se tiene que mover a cámara lenta, como si fuera una mantis religiosa o un oso perezoso mientras cada movimiento es respondido con un !cloc¡ producto del golpe de la escayola en la mampara. Quien le oiga no sabrá si se está duchando o está derribando el baño a mazazos.Una gozada oiga.

Hay una Ley física que debiera estudiarse por delante de las leyes de Newton, y que puede exponerse de este modo: cuando una persona con el brazo escayolado en una diminuta ducha consiga que el agua salga templada será el momento exacto en que el plástico que cubre la escayola se caiga. No falla oiga, es un principio universal.

En el momento en que el plástico cae debe reaccionar para que no se moje la escayola, así que gira repentinamente para interponer su culo y su barriga entre el agua y su brazo escayolado. Con el giro engancha con la escayola la manguera de la ducha (una ducha teléfono de toda la vida) y ésta cae al suelo. El agua sale hacia arriba y le pega en la cara, y con el acto reflejo le pega tal golpe de escayola a la puerta que ésta se abre y los chorros de agua salen directos sobre el espejo y el armario de las toallas. Como le cuesta girarse con la puta escayola tarda en cerrar el grifo. Cuando lo consigue puede ver el baño entero inundado y todas las toallas de la casa, que estaban perfectamente limpias, dobladas y ordenadas, chorreando.

Imaginen la reacción de su señora al ver el panorama. Porque con la mano escayolada no puede, porque si pudiera la estaría pasando por la pared por lo menos un par de meses.

viernes, 18 de mayo de 2012

Escayolado en el cuarto de baño

Bastan 5 minutos en casa para darse cuenta de que uno tiene un brazo izquierdo sencillamente por guardar una simetría. La izquierda quiere hacer pero es completamente inútil y torpe, y la derecha sabe pero ni puede ni se atreve; igualito que en la política española, oiga.

A lo que íbamos. Lavarse los dientes se convierte en una aventura de final dudoso. Es increíble cómo un acto tan sencillo se torna en pura complicación al usar la mano que uno tiene de adorno, aunque no lo supiera antes.

Querido lector, piense usted en cualquiera de los actos contidianos que hace tan alegremente. Ahora deje su mano de uso habitual, -mejor el brazo entero-, completamente intutilizada e intente manejarse. Abrocharse un botón, ponerse una camisa, tomarse una sopa o abrir una lata de cerveza. Hay cosas imposibles y otras muy difíciles.

Pero las peores experiencias ocurren en el baño, y disculpen si entramos en temas escatológicos en este elegante blog, pero hay cosas que es imposible evitar...

-Mear: Qué fácil y sencillo es el acto de orinar para un hombre. Se acerca al inodoro, se desabrocha la bragueta, se saca el miembro, apunta y suelta el chorro. Cosa de niños.

Pues no. Ahora acérquese al inodoro con el brazo escayolado. Usted verá esto:


Así se ve uno la picha cuando va a mear escayolado

¿Se imagina? El brazo derecho con la sempiterna escayola le tapa toda la vista, así que tiene que sacársela "al palpe". Se baja la cremallera con la mano izquierda, mete la mano en sus calzoncillos y engancha su miembro para sacarlo. El problema es que las lorzas del bajo vientre provocan que el pantalón le apriete un poco, y ante la falta de espacio para maniobrar el pirulí se resiste a salir.
Finalmente sabe que lo ha sacado porque lo nota aireado, ya que como puede apreciar en la foto no ve absolutamente nada de lo que ocurre ahí abajo. Al primer intento el chorro sale fuera, puesto que no sabe hacia dónde está apuntando. Tras rectificar el ángulo de tiro realiza la micción apuntando como puede y cuando termina se da cuenta de un pequeño inconveniente. Como la mano izquierda la usa para dirigir el ángulo de tiro, no tiene mano para separar la goma del calzoncillo de la base del cañón. Así que cuando ha terminado e intenta enfundarla de nuevo, el pis que ha quedado en el conducto hasta la gomita del calzoncillo sale disparado y mancha la pared. Vale, es una guarrada, pero se trata de un hecho fisiológico inevitable.

En la siguiente meada opta por ajustar la goma del calzoncillo por debajo del testículo para evitar tan desagradable final. Pero no es nada agradable orinar mientras el güevo se le amorata.

La tercera opción consiste en desabrocharse completamente el pantalón. Parece fácil, pero lo malo es volver a abrocharlo, cosa harto jodida con una sola mano, que encima es la mano izquierda, y sin ver absolutamente nada. Pero al menos no mancha la pared y le sigue llegando sangre al güevo mientras mea. Algo es algo.

-Cagar: ¿Ha intentado usted alguna vez limpiarse el culo a contramano? Es difícil, créame. Se consigue, pero pierde uno el eje natural y... bueno, no les daré más detalles no sea que se larguen a vomitar.

Pero sí les puedo contar la aventura de sentarse en el inodoro. Los viejos lectores recordarán los problemas para sentarse en el inodoro con la pierna escayolada (y como no lo recordarán aquí pueden leerlo de nuevo). Ahora el problema no es el mueblecito que compró su señora. Ahora el problema es otro. ¿Está usted orgulloso de cómo ha aprovechado el arquitecto el mínimo espacio de su cuarto de baño? Pues rómpase un codo, escayólese desde el hombro hasta la mano y cuando vaya a cagar se cagará en el aprovechamiento de espacio.

Nunca se había dado cuenta, pero el inodoro está pegadito a la pared que queda a su derecha, que obviamente es el brazo que tiene escayolado. Al sentarse, el brazo escayolado choca con la pared y desplaza el cuerpo hacia la izquierda. Con una nalga dentro del inodoro y otra fuera uno no sabe si está cagando o está en una cancha de baloncesto intentando meter un triple.

Al moverse para intentar centrar un enorme trasero en el agujero del inodoro se oye un cloc y un ruido metálico de algo que cae al suelo. Es el portarrollos del papel higiénico, que ha arrancado de cuajo de la pared y yace ahora retorcido en el suelo. Es increíble lo dura que es una escayola.

¿Y recoger el rollo de papel higiénico del suelo? Vaya tontería, pensará más de uno. Claro... intente agacharse en el mínimo espacio del cuarto de baño y verá. Si dobla la espalda se da con la cabeza en la pared y el culo en el lavabo antes de poder llegar con la mano sana al suelo. Y si se agacha intentando ponerse de cuclillas la escayola le choca con el inodoro impidiéndole agacharse.Una proeza.

El caso es que cuando uno sale del baño tiene la imperiosa necesidad de ir a descansar al sofá y no moverse durante un buen rato. Puta escayola...

lunes, 14 de mayo de 2012

Urgencias (y la reducción)



Justo en el momento en que el abuelo con respirador emite sonidos estertóreos sólo ahogados por los gritos de la señora oronda a su madre sorda, y mientras intento determinar cuál es el enfermo de todo el clan gitano, aparece de nuevo el celador que se cree Valentino Rossi para llevarme en la silla de ruedas.

Me fastidia que se me lleve justo cuando más estudiado tenía al clan y había echo algunos descartes, pero con la primera tumbada en el cruce de pasillo al más puro estilo Moto GP me olvido de la familia gitana y me centro en mi seguridad.

El celador me abandona en una habitación y me deja allí tirado. Entonces aparece una médico con su bata blanca y su estetoscopio al cuello. Me toca el brazo ante mis aullidos de dolor. Mueve lo que puede, porque yo me desmayo sólo de desplazarme un milímetro el brazo.

Me toca la mano y me pregunta si siento algo. Luego me toma el pulso al tiempo que dice para sí misma en voz alta "a ver si hay pulso". Me acojono. ¿Acaso cree que soy un zombi?.

Podría decir que lo anterior fue lo más grave y preocupante que me ocurrió con la médico. Pero no. Lo peor fue su juventud. Porque por primera vez en mi vida tuve la sensación de que me atendió una chiquilla, una chavala que podría ser hija mía. Y eso es muy jodido, porque le recuerda a un cuarentón que ya va para cincuentón. !!!Mierda....¡¡¡¡ Tomar conciencia de la edad es casi peor que joderse el codo.

De nuevo el amigo Valentino Rossi intentando batir récords por los pasillos conmigo y mi silla de ruedas. No sé si estoy en un pasillo hospitalario o en Assen en plena calificación Q3 (que creo que eso del Q3 es Fórmula 1, pero me da igual).

Me dejan en Rayos. Allí un tipo me engancha el brazo y me vuelvo a desmayar. Pone la máquina en marcha, me lanza los rayos cósmicos y me saca las placas. Me dice "ya te lo dirá el médico, pero parece que es luxación sin rotura". El dolor me impide entenderle muy bien, pero presumo que siempre es mejor una luxación que una rotura.

De nuevo Valentino Rossi. En cada viaje bajamos unas céntismas sobre el anterior. El colega está emocionado y yo cada vez más acojonado.

Vuelta a la que podría ser mi hija, la médico de antes. Chungo... la chavala llama a otro médico que es incluso más anciano que yo aunque con menos barriga. Si ella no se atreve es que la cosa debe ser gorda.

Y vaya si es gorda... el médico me dice que tengo una luxación de codo. Ante mi sorpresa por tanto dolor (yo estaba convencido de tener los huesos hechos fosfatina) me dice que me ha pillado el nervio braquial o algo así, y de ahí el dolor. Es la última explicación que me da.

Aparecen dos enfermeras. Me dicen que me van a quitar la sudadera. Les digo que ni de coña, que si quieren pueden empezar a cortar, pero el brazo no se mueve. Ante mis palabras el médico lanza una mínima y casi impreceptible sonrisa sardónica, de ésas en que sin decir nada te está diciendo "pues si no quieres que te movamos el brazo lo llevas claro, que ahora verás". Aunque con su sonrisita me decía eso yo no lo entendí hasta después.

Cuando me han cortado la sudadera el brazo queda al aire. Y entonces me encuentro el panorama... Imaginen que en lugar de un codo tienen ustedes una Y griega, en la que las cabezas de la Y son, por un lado el húmero y por el otro cúbito y radio, así sueltos, cada uno a su bola, mirando hacia lados distintos como los ojos de Marty Feldman... nada tranquilizador.

Entonces me tumban en una camilla y se acerca a mí un psicópata con bata blanca, o sea, el médico traumatólogo. Me toquetea el brazo, explora en él, palpa, flexiona y extiende pasando de mis quejas y de mi dolor. Al poco dice "muy bien", le hace un gesto a la médico joven para que me agarre la mano y me lanza una metáfora que en sí misma lo dice todo "vamos a reducir, si nos insultas no lo tendremos en cuenta".

Tiendo a pensar que los millones de lectores que acuden a este blog son varones de mi edad, así que seguro que alguna vez le arrancaron un brazo a la Nancy de su hermana y luego lo recolocaron para evitarse una bronca paterna. Básicamente la reducción consiste en eso, pero con tu propio cuerpo.

Así que el psicópata que atiende a la profesión de médico me engancha el brazo, realiza unos movimientos bruscos y de repente se oye "catacroc-croc-croc". Son sólo unos segundos, pero el dolor es insoportable y la sensación al notar cómo la cabeza del hueso vuelve a encajarse en su sitio es tan indescriptible que no la voy a describir para evitar herir sensibilidades.

Puede que el psicópata me permita insultar, pero por el motivo que sea no lo hago. Simplemente emito un grito desgarrador, un groaaaaaaaaaaarrrrrr al estilo del Aberroncho que sale en el programa de José Mota. Pero es un aberroncho sin cachondeo, más bien dolorido. El grito aberronchil recorre los pasillos del hospital y provoca de seguro gestos de panico entre los enfermos.

El caso es que el psicópata hace bien su trabajo. Una vez metido el codo en su sitio sigue doliendo un güevo, pero es un dolor soportable. Ya no me desmayo cuando me hacen una nueva radiografía, y ya puedo andar por mi propio pie y librarme del Valentino Rossi de la silla de ruedas.
Me escayolan el brazo desde el hombro hasta la mano y me envían para casa. Una movilidad impresionante, oiga.

Y salgo finalmente de Urgencias dejando allí al clan gitano, al abuelo con respirador, al tipo del pañuelo sanguinolento en la frente, a la hija oronda gritando a su padre sordo y demás habituales con la seguridad de que, en mi próxima visita a Urgencias, me los volveré a encontrar a todos y cada uno de ellos.

jueves, 10 de mayo de 2012

Urgencias (la llamada a mi amigo médico)

Con la emoción de contarles lo de la sala de espera de Urgencias olvidé exponerles uno de lo momentos claves de mi día del dolor: la llamada.

En un país en el que hasta el político más pringado busca influencias yo no iba a ser menos. Y como quiera que fue ver el caos de Urgencias y acojonarme de veras, rápidamente llamé a un médico de reconocido prestigio amigo mío. Más que nada para ver si conocía al traumatólogo y me enchufaba o algo así.

En cuanto me preguntó le conté mi estado y mis sensaciones. "No pasa nada" me dijo, "ahora te harán una radiografía y en un rato estás como nuevo", y así siguió con sus frases tranquilizadoras para darme paz, alegría y tranquilidad.

Pero había algo en su tono que no cuadraba. No sé si era el griterío caótico de Urgencias, mi dolor, o que mi amigo médico miente muy mal, pero cuando él decía "no pasa nada" mi cerebro hacía una traducción simultánea "estás jodido amigo". 

Cuando me decía "será tener un tiempo el brazo en reposo y ya está" el traductor simultáneo que anidaba en mi cerebro me decía "posible amputación del tercio braquial" (que aunque suene a pez por eso de branquial, parece que sin n es algo relacionado con un músculo del antebrazo).

Cuando me decía  "en dos semanas ya estás moviendo la mano como si nada", mi cerebro traducía "nada, no te la meneas con la derecha en lo que te resta de vida". Habráse visto, hasta eso me traducía el cerebro cuando bien sabe que yo jamás cometo actos impuros.

Cuando mi amigo me decía "tranquilidad, reposo y antinflamatorios y ya está" mi cerebro traducía simultáneamente "rotura del olecranon y del cúbito, operación, clavos, tornillos". (¿olécranon? ¿no tenían otro nombrecito para un huesecillo del codo?)


 Al final de la conversación mi amigo debía estar muy nervioso y triste, al menos es eso lo que pasa en las pelis de guerra cuando uno le dice al moribundo en plan mentira piadosa "no le diré yo a tu mujer que la quieres, se lo dirás tú mismo porque te vas a curar" mientras el herido muere en sus brazos. Por lo que a mí respecta ya me temblaban las piernas de tanta traducción simultánea convirtiendo sus palabras tranquilizadoras en una realidad más bien desgarradora.

En fin. No sé cuál de los dos estaba más nervioso al final de la conversación. Lo que sí sé es que al colgar los dos pensamos al unísono "esto acaba en rehabilitación".

PD: Y lo cierto es que lo mejor seria no necesitar nunca a mi amigo. Y es que nunca le ha protestado un paciente. Más que nada porque todos sus pacientes están muertos (aunque no los ha matado él, que conste).


lunes, 7 de mayo de 2012

Urgencias

En cuanto me recupero de la batalla del cabestrillo de la que ya hablé en la entrada anterior miro a mi alrededor. Estoy en el vestíbulo de Urgencias. No sé cómo será en Noruega, pero en España el vestíbulo de Urgencias es lo más cercano al caos que uno haya visto.

Varios enfermos de a saber qué pero con pinta de estar muy jodidos yacen en sus respectivas camas adosados a la pared del pasillo si que nadie les haga ni puto caso. Un tipo pasea con un trapo lleno de sangre tapándose la frente. Familiares nerviosos pululan para arriba y para abajo molestando a todo el mundo. Junto a mí una pobre anciana emite quejidos guturales producto de quién sabe que extraña enfermedad infecciosa. Una tipa con pinta de estar muy perjudicada tose con una mascarilla puesta. Tiene todo el aspecto de sufrir la mutación más jodida del ébola. Todos estos y muchos más se mueven o siguen quietos ocupando todo el espacio. El único huequecito que queda lo ocupo yo, en medio de todo ese caos, luciendo el cabestrillo cutre, porque me han quitado lo único decente del día: mi cabestrillo modelo king-size. Si se abriera una puerta y nos atacara una horda de zombies el equilibrio sería perfecto y todo cuadraría. Pero no. Sólo reina el caos.

De repente aparece de la nada un celador y me arrastra en la silla de ruedas como si fuera Valentino Rossi. El mamón hasta derrapa en las curvas, y justo cuando baja una centésima de su anterior transporte me deja en la sala de esperas de Urgencias.

La sala de espera de Urgencias es muy diferente de la entrada de Urgencias. Aquí no reina ese caos tan caótico. Aquí reina un caos ordenado, menos estridente. La otra característica de las salas de espera de Urgencias es que se cumplen unos patrones tan típicos que parece que siempre se encuentren allí las mismas gentes. Cualquiera que haya acudido una sola vez en su vida a la sala de espera de Urgencias me tendrá que dar necesariamente la razón cuando le diga lo que vi en esta ocasión (y en todas aquellas que haya podido visitar la sala de Urgencias de cualquier Hospital):
En una sala de suelo de mármol ocre que ya ha perdido su brillo se distribuyen una serie de incómodas sillas azules donde esperan siempre los mismos enfermos. Un tipo con el ojo en sangre y lloroso, que se aplica una gasa sanguinolenta ya bastante asquerosita. Un macarrilla ciclado que acompaña a una choni escotada que porta tantos tatuajes que resulta imposible saber cuál es su mal. Un abuelo decrépito, de tez tan blanca como la muerte y unos pocos pelos canosos desaliñados que dormita en una silla de ruedas de la que cuelga un aparatejo del que sale un tubo transparente que le llega a la nariz, se supone que para respirar. Otro abuelo sentado en otra silla de ruedas que no se entera de nada y al que su oronda hija no hace más que preguntarle cosas a gritos. Una tipa nerviosa que se enzarza en una absurda discusión con una enfermera acerca de si se oye o no se oye cuando llaman al enfermo porque igual se le pasa el turno a su madre. La enfermera le contesta conteniéndose, porque se nota que la quiere matar, pero allí se contienen las dos y finalmente la bronca se queda en discusión algo subida de tono. Y nunca falta la papelera, una papelera azul de la que rebosa una bolsa de basura llena de todo tipo de gasas y apósitos sanguinolentos.

Todos los elementos prototípicos anteriores ocupan un 10% de la sala de espera de Urgencias. El otro 90% lo ocupa el elemento imprescindible de cualquier espera en Urgencias: la familia gitana.Y es que sin la familia gitana una sala de esperas no lo es. Varias señoras vestidas de negro discuten acaloradamente mientras una de ellas le echa una bronca impresionante mezclada con lloros a un gitano con sombrero, también de negro, que pasa olímpicamente de ella,  de la bronca y de los lloros. Varios chiquillos del clan con unos mocos verdes colgando corretean por allí mientras una chica que no debe tener los 16 años se saca la teta y le da el pecho a un bebé. Tres adolescentes de inquietante aspecto están medio tirados en la silla observando al personal sin decir nada.
Podrá usted pasar horas en una sala de espera de Urgencias y analizar uno a uno a todos los miembros del clan gitano. Es imposible que averigüe cuál de ellos es el enfermo.

La observación es una cualidad muy a tener en cuenta en la sala de espera de Urgencias. El brazo duele igual y puede que no averigüe cuál de todo el clan gitano es el que va a ser atendido, pero al menos uno se entretiene.

jueves, 3 de mayo de 2012

El día del dolor

Circula usted tan feliz sobre su bici y el imbécil de turno le provoca un accidente. Ya se ha hablado y mencionado en este blog el susodicho accidente, por eso ahora toca narrar lo que ocurrió inmediatamente después del mismo.
Tras la caída uno no necesita ni un milisegundo para saber que algo no funciona. No se emocione, que saberlo no es tan difícil ni merecedor de un premio Nobel. Uno lo sabe porque duele. Y duele mucho.
La sensación es la de que el brazo derecho, desde el codo hasta la mano, pesa mucho, como si fuera de plomo. Además uno no siente la mano ni la puede mover. Es más, a partir del codo no se puede mover nada.
Mueres de dolor, gritas y no quieres que nadie te toque. Alrededor el típico corrillo de mirones. Oyes la palabra "amputación". O en el corrillo hay algún recontrarrefilldeputa o el dolor te hace oír voces internas que se temen lo peor. 
Llega la ambulancia. Te quieren mover y les dices que te dejen allí sin moverte hasta morir en paz. "Amputación"... el filldeputa del corrillo debe seguir ahí. Te mueven y te desmayas del dolor. Finalmente te colocan un cabestrillo, no sin gran sufrimiento, y te meten en la ambulancia.
Rezas para que las puertas de la ambulancia no se abran y salgas con la camilla por la Gran Vía entre la circulación. Es algo que queda muy divertido en las pelis, pero no quieres comprobar la experiencia real.
"Amputación"... o el de la ambulancia es el filldeputa del corrillo, o es igual de filldeputa que el del corrillo o definitivamente oyes voces. Vuelves a oír "amputación" mientras el de la ambulancia está en sus cosas, por lo que deduces que el dolor habla por ti y se teme lo peor.
Con cada bache sientes pinchazos y dolores indescriptibles. El de la ambulancia te dice que son los putos baches de reducción de velocidad. Al cabrón que inventó la idea lo tendrían que pasar a 200 km/h por sus propios baches con un brazo a punto de amputar, y ya de paso conmigo al lado dándole collejas.
Llegas a Urgencias y aparece la primera experiencia "típical ispanis": los de la ambulancia reclaman el cabestrillo que llevas puesto y piden a los de Urgencias que te pongan otro. Deben conocerse y odiarse mucho, porque se tratan fatal. Así que pueden hacerse la siguiente composición de lugar: el tipo malherido en la camilla rogando que nadie le toque y en medio de una pelea a muerte, una batalla dialéctica violenta y feroz, en la que se lucha por el maldito cabestrillo que lleva puesto.
Tras una dura batalla en la que casi hay hasta sangre aparece un enfermero con un cabestrillo cutre, una mierda de cabestrillo del todo a cien comprado seguramente en los chinos de la esquina. Quieres mantener el cabestrillo de lujo modelo king-size que llevas puesto, pero sobre todo quieres que nadie te toque. Pero no te hacen ni puto caso.
Siguen discutiendo por el maldito cabestrillo mientras comienzan a manipularte el brazo. Gritas de dolor, te mareas y finalmente te desmayas. Al cabo de un minuto te despiertas jodido y dolorido con el cabestrillo del todo a cien y reina la paz a tu alrededor. Los de la ambulancia se han pirado con su botín y te encuentras tirado en una silla de ruedas junto a la admisión de Urgencias...