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martes, 28 de junio de 2011

Expaña, país de contrastes

Por cuestiones de trabajo tengo que consultar una serie de datos en una página güeb de un organismo público español. Para poder pedir datos hay que estar dado de alta en dicha página, y para ello hay que aportar una serie de datos personales: nombres, apellidos, dirección de e-milio y cuenta bancaria donde te cargan el importe de las consultas, entro otros.
Hacía tiempo que no usaba el servicio y durante el tiempo transcurrido he cambiado de dirección de e-milio y de cuenta bancaria, así que antes de realizar consultas de datos me propuse cambiar los datos de mi cuenta, o sea, mis propios datos personales.
En la página no existía opción alguna al respecto, así que llamé al teléfono de atención al cliente para que, ante mi estupor, me indicaran que para acceder a mis propios datos debía rellenar y enviar un formulario más difícil de rellenar que un visado para los Estados Unidos.
Me marearon todo lo que pudieron y más, perdí un día entero rellenado casillas y permisos sólo para poder acceder a mis propios datos... "hay que cumplir la Ley de Protección de Datos" me decían ante mis protestas...
Finalmente arreglé el asunto no sin antes perder varias horas de mi tiempo y haber quemado varios millones de neuronas víctimas del estrés.

Al salir del trabajo puse la radio y escuché perplejo una información que me dejó.... eso, perplejo. Al parecer hace un tiempo se firmó un acuerdo de colaboración entre la Diputación Foral de la provincia española de Guipúzcoa y la AEAT por la que se intercambiaban datos y había libre acceso por parte de los jerifaltes de dicha Diputación a los datos fiscales de cualquiere españolito de a pie en cualquier parte del territorio nacional.
Recordaban este Convenio con motivo de la toma de posesión de dicha Diputación por parte de Bildu. Me ahorraré opinar del tema porque desde hace un tiempo no me apetece hablar de política, pero lo curioso de la historia es que ahora los amigos de ETA para unos o la propia ETA para otros, -qué más dará-, tienen acceso a mi declaración de la renta con sólo apretar un botón.

Esto es Expaña, un país de contrastes, un país en que yo tengo que pasar por un calvario para acceder a mis propios datos en una güeb de un organismo público mientras los etarras acceden si ningún problema a mi declaración de renta y demás datos fiscales y sobre patrimonio. Un país en que algunos se indignan según de qué y según con quién.

viernes, 17 de junio de 2011

No somos ciudadanos

A los que crecimos en plena transición nos prometieron muchas cosas, pero una de las que más nos molaba era ser ciudadanos. Y a eso aspirábamos, a ser ciudadanos.

El problema es que jurídicamente éramos menores, y teníamos la impresión de que para alcanzar el deseado estatus de ciudadano era necesario cumplir los 18 años y sobre todo poder votar.

Por eso en las primeras elecciones en que uno es mayor de edad se tiene la conciencia de que se es, por fin, ciudadano. Pero no es así. Ellos quieren que te sientas ciudadano... "ejerce tu derecho al voto" te dicen, "es el ejercicio de un derecho democrático" te insisten, y blablabla, hasta convencerte de que eres un verdadero ciudadano. Pero ahí está su arte: te convencen para que te sientas ciudadano, pero para ellos sólo eres un elector.

Luego terminamos los estudios y buscamos un empleo, -aún no estaba tan extendida entonces la cultura del subsidio-, y nos encontrábamos más plenos, más realizados. Ahora sí que éramos auténticos ciudadanos. Pero no. Ellos nos hablaban de responsabilidad, de trabajo, de formación, de futuro... y simplemente nos estaban convirtiendo en contribuyentes.

Pasaron los años, cumplimos los 40 y, con el paso del tiempo, nos dimos cuenta de que nunca habíamos sido ciudadanos. Sólo fuimos menores que pasaron a la condición de electores periódicamente, y a la condición permanente de contribuyentes sujetos a la férrea disciplina de la AEAT.

¿Indignados? Yo sí que estoy indignado, la gente en mi misma situación con la que hablo sí que está indignada. Pero mientras seguimos indignados continuamos ejerciendo de contribuyentes y presentando previo pago de su importe nuestra putas declaraciones del 110, del 303 y de su puta madre para que cuatro políticos mangantes se los lleven y otros cuatro niñatos que van de asamblearios digan que nos representan.

Y lo más curioso es que sin nosotros, -que somos los que menos pintamos-, ni unos ni otros existirían.

jueves, 2 de junio de 2011

Juguetes (II)


Comentábamos en el anterior post la complicada tarea de montar un juguete para la diversión de los más pequeños de la casa. Y seguimos con el tema. Pero vamos a hacer como en las pelis de Tarantino, que empiezan por el final y acaban por el principio, así que hoy toca hablar de los juguetes para bebés.

La ventaja de los juguetes para bebés es que no precisan montaje. Vienen en una caja muy bonita, los saca y los entrega al niño. Punto.

La desventaja es que un inocente juguete para bebés es la más dura prueba que una persona cuerda puede soportar, incluso es una dura prueba para la relación de pareja.
¿Creen que exagero? Pues no. Y estoy seguro de que el que haya tenido bebés gateando por la casa me dará la razón con lo que les voy a contar...

Pongamos que el regalo para su pequeño gateador es la "granja videoparlanchina" (no es broma, así se llama en la realidad). Para los no puestos en el tema comentaremos que la granja es un típico juguete para bebés: se trata de una especie de caja de plástico con el tamaño y grosor de un ordenador portátil y con forma de casita (vean la imagen) y es presuntamente educativo. Diversos botones de vistosos colores invitan al nano a apretarlos. Y aquí es donde viene lo malo... algunos de esos botones tienen formas de animales.

No, lo malo no es la forma, sino que el botón con forma de vaca dice con voz metálica "vaca" cada vez que el niño lo aprieta. De este modo el niño se acerca al puto juguete y le mete una "puñá" al botón en forma de vaca... y usted oye "vaca". Puede no parecer un problema, pero es que el niño le coge el gusto a la vaca y aporrea el botón continuamente de tal forma que no deja a la máquina infernal que termine de decir "vaca". Y créame, los nanos son muy insistentes y reiterativos. De este modo una tarde de sofá puede ser recordada así: "vaca, vaca, vac, va..., vac, va-va-va, vaca-vaca-vaca, vac-va-vac-vaca-va-vac-vvvv-aaac-aaa, vac-vaca-vaca-vaca-vac-va-va-vvv-aaa-ccc-aaa, vaca-vaca-vaca-vaca-vaca-vaca, vaca-vac-va-va-va-vac, vac-vac-vac-vac, vaca-vaca-vaca, ...", y así ad infinitum.

Imagine 3 horas seguidas con esa voz metálica pronunciando ininterrumpidamete la palabra "vaca" una y otra vez en un bucle interminable... para suicidarse.

A veces el niño cambia la rutina y la monotonía, y activa la palanca que convierte el nombre del animal en su sonido. Y entonces la tarde cambia, porque en lugar de vaca usted oirá una y mil veces, -qué digo mil-, una y un millón de veces "muuuuuuu-mmmmm-mu-mumm-muuuuuum-muuuuuu-mu-mu-mu-mu-mu-mu-mu-mmmmmuuuuuuuuuuuuu-mumu-muuuuuu-mmmmmmmmmm-uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu".

Imagine las maravillosas tardes en que el nano al que le paga los pañales y la infernal máquina se ponen de acuerdo para arruinarle la salud mental. Unas veces será muuu, otras oing-oing, otras beeee-beeeee, otras (aquí ponga un relincho, que servidor es incapaz de transcribir), otras guau guau, o miau miau, o cuac-cuac, cada tarde un animal oído 3 millones de veces. Joder, ya podrían haber incluido un botón con forma de pez. Pero no, ese botón no existe.

En ocasiones uno no sabe si es mejor la monotonía o la variedad. Porque hay nanos que combinan y, cual dj (pronúnciese diyei) realizan un "remix" que puede sonar así: "mu-mu-mu-muuuuuu-beee-be-be-beeee-oing-oing-cuac-guau-gua-gua-guau-cua-cuac-miau-mia-miau-mu-gua-oi-oing-be-beeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee-mu-mu-cuac-cuac-cuac-oing-oing, kikiriki-kiki-kiriki-, oi-oi-oi-oing, be-mu-mia-gua-ki-cua. beeee-muuuuu, cuac-cuac-cuac, -oin-guau-miau-kikirtiki..." y así ad nauseam.

Con ello usted puede imaginarse con los ojos llenos de ira, enrojecidos y vidriosos, y a su señora también. A ambos les temblarán las manos, sentiran pinchazos en el bulbo raquídeo, transtornos de ansiedad y soplidos coronarios. ¿Se imagina qué absurdas discusiones sin sentido, qué irascibles gritos pueden surgir en la pareja producto de una tarde pasada con un juguete para bebés con su correspondiente bebé jugando?. Desde este blog exigimos un programa de periodismo de investigación para probar que los abogados matrimonialistas están detrás de estos maléficos juguetes. Porque tengan por seguro que una granjita parlanchina como la mencionada ha destruido miles de matrimonios.

¿Cree que ya le hemos dicho todo? Pues no. Lo que le hemos contado era antes. Porque antes el matrimonio podía salvarse si el niño se entretenía con otra cosa. Si usted tenía esa suerte el nano dejaba de aporrear a la maldita vaca y al menos un rato de paz conseguía evitar la más que segura discusión con su señora. Pero ya le hemos dicho, eso era antes. Ahora han aparecido en escena los ingenieros psicópatas.

Cuenta Arturo Pérez-Reverte en su más que recomendable "Territorio Comanche" que unos ingenieros fills de puta inventaron una bala con el centro de gravedad cambiado, de tal forma que al penetrar en el cuerpo humano hace un zig-zag, pero que idearon un calibre pequeño para provocar así multitud de heridas pero no la muerte. Más que nada para causar problemas logísticos al enemigo. El mencionado Pérez-Reverte pone a eso ingenieros inventores de tal bala de hijoputas y psicópatas.
Baaahhhh, eso son mariconadas... Los verdaderos ingenieros fillsdeputa y psicópatas se dedican a los juguetes para bebés y son los que inventaron el "¿estás ahí?" y el "¿juegas conmigo?". Les explico por si alguno no lo ha vivido.

Imaginen el juguetito ése antes explicado y tres horas oyendo vaca-vaca-vaca. Lo normal es que si usted tiene la suerte de que el niño se vaya a otra cosa la tortura finalice.

Ahora imagine que, tras 5 horas de muuuus y vaca-vaca-vaca el niño decide abandonar la habitación y dobla la esquina del pasillo gateando. Usted suspira y se repantiga en el sofá para aliviar su tensión. A los 15 segundos, de repente, una voz metálica dice "¿estás ahí?" mientras suenan unas pocas notas musicales y se encienden lucecitas de colores en el infernal aparato. Si pasan 5 segundos, y por si acaso el nano no se hubiera dado cuenta, la diabólica granja parlanchina insiste "¿juegas conmigo?", con su musiquita y sus luces. En un milisegundo usted oye el gateo en el pasillo, el nano dobla la esquina y se lanza en plancha sobre la puta granja parlanchina y restaura la sesión de tortura con dos horas más de muuuuus y vaca-vaca-vaca. Es una vuelta de tuerca más a la tortura. Es de un sadismo extremo. Ni a Mengele se le hubiera ocurrido.

El ingeniero que metió el chip "¿estás ahí?-¿juegas conmigo?" debería ser sodomizado por un elefante en la plaza pública para luego ser linchado por los millones de padres afectados al más puro estilo Tarantino (me ofrezco voluntario para cortarle la oreja). Yo no faltaría a la cita, y si usted ha pasado por esta tortura estoy seguro de que tampoco.