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martes, 29 de marzo de 2011

De pasión y nostalgia: Roger Waters The Wall



Las cosas que hacemos se pueden contar de muchas maneras distintas.
Por ejemplo puedo contarles que el pasado viernes 25 de marzo un tipo cuarentón dejó a su familia abandonada y se gastó una leña en una entrada, transporte y alojamiento para desplazarse a Madrid a un concierto. También puedo contarles que el mencionado tipo cuarentón acudió a solas a un Pabellón de deportes de Madrid en el cual se reunieron unas 15.000 personas, la mayoría de ellas en una media de edad de dentre 40 y 55 años, para ver a un anciano de 70 que cantaba un disco editado hace más de 30 años; y que todos se sabían de memoria el disco y sabían todo lo que iba a ocurrir, pero allí estaban. Dicho así queda un tanto frío.
Pero si le ponemos un poco de pasión y nostalgia la cosa cambia. Porque resulta que el tipo cuarentón era quien esto escribe. Y resulta que se trata del mismo tipo que se compró The Wall en vinilo nada más salió en 1979 con los pocos ahorros que podía tener un chaval de 12 años en aquellos tiempos. Y resulta que se trata del mismo chaval que pudo leer en una revista musical (no recuerdo cuál) la crítica de uno de lo 3 únicos conciertos de la gira The Wall que se celebraron entonces, en concreto el de Dortmund. Y aquel chaval deseó con todas sus ganas acudir a algún concierto de aquella gira, cosa que no pudo hacer porque con 13 años a dónde iba a ir y porque la gira se suspendió.
Por eso, más de 30 años después, que te pongan a huevo ir a ver ese concierto, precisamente ese concierto, te lleva a una situación difícil de explicar. En plena crisis de los 40, cuando ya pocas cosas consiguen apasionarte, un tipo de 70 años te devuelve la ilusión al tocar a sólo 350 km de tu casa.
Y esa ilusión es la que ha provocado que justo antes del cocierto llame a más de un amigo por el móvil para decirle "estoy aquí, en la pista, de pie como un chiquillo, a 15 metros de Roger Waters..."; y esa ilusión es la que ha provocado que, tras 4 horas de plantón y saltos, me duelan las lumbares, las cervicales, las piernas y los pies, y que todo me la sude.
Porque puede que Roger Waters esté hecho un abuelo y mi lumbar insistiera en recordarme que yo estoy camino de serlo, pero asistí a un espectáculo impresionante. Y puede que Roger Waters ya esté mayor para estas cosas, pero la pasión y la nostalgia todo lo perdonan.
Y qué carajo, aquello fue un espectáculo impresionante.
Y como yo no soy crítico musical y hay quien cobra por ello aquí les dejo una reseña de Rollingstone y otra de diariocritico, por si les interesa.


Aquí el reportaje que hicieron en Informe Semanal

3 comentarios:

JF dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
JL dijo...

A veces vale la pena dejarse los últimos ahorros que te deja distraer tu estricta administradora, las lumbares y la integridad pinreliana en ver un espectáculo irrepetible e inolvidable. De esos que si lo dejas pasar te das de cabezazos toda tu vida por no haber estado allí.

Me alegro de que lo pasases tan bien y lo reflejes en una estupenda crónica. Y me alegro de ser uno de esos amigos a quien intestaste trasladar tu euforia desde al lado del escenario. Lástima que yo estaba en otros menesteres que no debían ser distraídos por una llamada de móvil, pero me encantó que al día siguiente continuases tan impresionado y contento por haber aprovechado tu oportunidad.

¡Un abrazo!

Deibid dijo...

Joder, yo soy otro cuarentón y me quedé sin verlo en Barna. Pero no cambiaré mi discurso: Pink Floyd es, sin duda, una de las cinco mejores bandas de la historia.