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lunes, 17 de enero de 2011

La conquista del cuarto de baño

Hace muchos años, cuando era libre o soltero, visité a un amigo que estaba recién y felizmente casado. Ya saben, la típica cena en que el recién casado enseña la casa a 4 amigos y así conocen mejor a la esposa del amigo que cada vez van a ver menos hasta nunca más saber de él.
El caso es que lo que más nos llamó la atención fueron los cuartos de baño: el piso disponía de un baño completo y un aseo, y la esposa de mi amigo, con toda naturalidad, afirmó que se habían repartido los baños. “Éste es el mío”, -dijo enseñándonos el baño completo con una bañera cojonuda y un buen espacio- “y éste es el de él”- afirmó sonriente mientras nos mostraba un chungo aseo con un mini lavabo, una ducha en la que no cabía ni un pitufo y un inodoro en una minúscula esquina en la que había que hacer contorsionismo para poder sentarse. Lo mejor de todo es que el chaval medía dos metros y la chica no pasaba de metro cincuenta, lo que no pareció influir a la hora de asignarle aquel cuchitril de aseo propio de un apartamento en el centro de Tokio.
Huelga decir que las dos veces que su mujer le dejó ir al fútbol nos descojonamos convenientemente de él, pardillos que éramos sin entender nada.
Pasaron los años y nos casamos los demás. Y entonces, y sólo entonces, con el paso del tiempo, comprendimos el camino que inexorablemente habíamos emprendido. Y como de entre los millones de lectores que nos visitan muchos son jóvenes y solteros a la par que pardillos ,vamos a exponerles los riesgos de compartir su vivienda con una mujer. En concreto les expondremos algo que marcará sus vidas: la conquista del cuarto de baño.
Usted vuelve del viaje de novios y ocupa su armarito del baño con 4 cosas: un peine, espuma de afeitar, las cuchillas, y el desodorante. Son 4 cosas porque un hombre como debe ser no necesita más. Su señora ocupa su respectivo armarito con una serie de potingues y botes que usted prefiere no mirar. ¿Cree que ya está todo hecho y tranquilo? Pues está usted equivocado.
El primer síntoma aparece antes del mes de matrimonio, cuando está a punto de afeitarse con un extraño ungüento en el que pone irreproducibles palabras en francés y la leyenda “exfoliante”. Afortunadamente se da usted cuenta a tiempo, pero no deja de preguntar a su señora qué hace ese bote en mi armarito. Ella dice que no le cabía y que a usted le sobra espacio en su armarito…
Ayyyy, querido amigo, usted está perdido. Ha comenzado el desembarco de Normandía, el asedio de Numancia, la invasión de Polonia. Y usted no se da ni puta cuenta. Poco a poco verá usted el armarito de debajo del lavabo invadido por un sinfín de productos químicos femeninos, todos ellos anunciados en televisión –ya sabe, porque yo lo valgo y demás-, que harán de la búsqueda de su espuma de afeitar toda una aventura matinal.
Cuando lleve varios años de matrimonio considerará normal encontrar su peine embadurnado de rimmel junto al correspondiente pincelito de pestañas, o un anticelulítico junto a su desodorante. Es más, llegará un momento que considerará normal no encontrar ni su desodorante ni su cepillo de dientes, ambos sepultados bajo una montaña de productos tóxicos, y seguramente peligrosos, que toda mujer debe tener.
Desde este blog le avisamos. Si decide casarse dé por perdido el cuarto de baño. Y no me sea pardillo. Si no se casa pero comete el error de meter una mujer en su casa no se librará de este mal.
Podríamos aconsejarle comprarse un candado. Pero le aseguramos desde ya que será o el candado o la mujer. Así que resígnese. La pérdida del cuarto de baño va en el contrato matrimonial, aunque nunca nadie se lo haya dicho.

3 comentarios:

Drakul dijo...

En mi caso esa lucha está en el armario. En la habitación hay dos, uno doble y otro simple... y creo que no hace falta que siga explicando.

Juan Al dijo...

Pero a que no hay huevos de apartar sus potingues o sacarlos del armario del cuarto de baño??? jijijiji

Rafa dijo...

Estamos perdidos....
Bc