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lunes, 18 de octubre de 2010

Banquete de Bodas (IV): El Aperitivo (comida)

Si en la anterior entrega se expuso el inicio del aperitivo y la dificultad para encontrar bebida, toca hoy la comida propiamente dicha.

Un suicida al que algunos llaman cortador de jamón comparte medio metro cuadrado con una pierna de ibérico rodeado de cientos de fulanos encorbatados y señoras escotadísimas que le arrebatan las lonchas antes incluso de que las corte. Nunca he visto que un cortador de jamón se líe a cuchillazos con el personal, pero todo se andará. El caso es que usted desecha la idea de acercarse a por jamón ante las decenas de bestias hambrientas que pugnan por una loncha pensando que el pobre suicida se plantea realmente el suicidio. “Buffet de jamón ibérico al corte” le llaman. Más bien deberían llamarlo “maricón el último y el camata suicida que se joda” o algo así más realista.
No mucho mejor panorama tiene la pobre muchacha que han puesto al cargo del “Buffet de huevos de codorniz”. La pobre abre los pequeños huevecillos uno a uno y los fríe en presencia de la voraz masa que casi no le deja ni posarlos en las galletitas con sobrasada preparadas al efecto. Decenas de abuelas rodean a la camarera e impiden que usted acceda al lugar. Las hay que hasta se llevan la galletita sin esperar a que le pongan el huevo. Mandan huevos.
Así que ya sabe: a la mierda el jamón y a la mierda los huevos de codorniz salvo que quiera jugarse la vida en el intento. Es posible que cuando, tras la incursión, ya haya convencido a su señora de la imposibilidad de tastar el jamón y los huevecillos pase algún listillo con un plato repleto de ambos manjares, producto de la rapiña por supuesto. Entonces su señora le acusará de “falta de espenta”. No discuta caballero. Aguante y tenga paciencia, que aún queda un buen rato para el güisqui.
A continuación los camareros salen con nuevos aperitivos con la esperanza de sobrevivir, mientras los invitados más espabilados se agolpan en la zona más cercana a su salida. De entre todos destaca la oronda cuñada de alguno de los contrayentes, que engulle cual Pantagruel el contenido de cualquier bandeja que pase a menos de 2 metros de su alcance. Es un clásico de toda boda: cuñada oronda (o cualquier parentesco, pero oronda al fin y al cabo) devoradora de canapés con brazos gruesos y descolgados a la par que rápidos cazando cualquier cosa comestible que se sitúe sobre una bandeja. Ríase usted de los camaleones, las cuñadas orondas cazan cualquier canapé con una rapidez depredadora digna del “Nasional Yiografic”.
En esta fase lo más positivo es que ya no hay que ir a ganarse el aperitivo, sino que son los camareros los que pasean las bandejas, y a pesar de la cuñada oronda y demás depredadores, siempre hay una escotada que quiere adelgazar o algún “mindinguis” al que no le gusta el “fuá”, con lo que algo llegará a sus dominios.
En esta tesitura usted podrá degustar los deliciosos “mini vol-au-vent de marisco” o “mini vol-au-vent de foie”… canapés para que nos entendamos (pero con ese nombrecillo afrancesado parece algo, oiga).
También puede que logre tastar algún “saquito de longaniza y habas”, que no deja de ser una pataqueta valenciana de toda la vida, o un “canapé de salmón” al que no se sabe por qué no le llaman oficialmente mini vol-au-vent aunque básicamente sea lo mismo, o unas “mini croquetas de bacalao”, croquetas pequeñas como su propio nombre indica.
En mi última boda me fascinó la “brocheta nido de langostinos”, una especie de palo en el que se ensartaba un delicioso langostino rebozado con hilillos de no sé qué, del que tuve que conformarme con chupar un palo mientras la oronda cuñada de alguno de los contrayentes blandía 3 ó 4 brochetas en cada mano como si fueran banderillas.
Otra cosa que nunca falta es un plato de cuchara. No, no se trata de un potaje de garbanzos, sino de esa manía por sacar cucharas con una minúscula porción de comida para que la cojas, te comas el contenido de la cuchara en cuestión y la dejes tirada en la bandeja. Y es que las influencias de Ferran Adriá con rimbombantes nombres muchísimo más largos que la comida que hay en el plato llega a todas partes.
En los aperitivos hay dos clásicos: 1.- La crisis de la cerveza: Se da cuando los camareros se concentran en sacar canapés y olvidan sacar más bebida. Los invitados miran a todas partes esperando que alguien traiga cerveza mientras tragan a pelo los aperitivos. Al final siempre hay alguien, -generalmente el que menos pinta en el convite-, que muy digno le pone las pilas a algún responsable para que saquen más cervezas. Esta persona suele ser un capullo o capulla, pero al menos su labor es provechosa. 2.- La crisis de los dedos grasientos: No falla, siempre sale un aperitivo grasiento del tipo “muslitos de codorniz”. Sí, suena muy bien, pero cuando usted se quiera dar cuenta tendrá dos problemas: el primero será deshacerse del hueso del puto muslito al que llegará a odiar. El segundo, una vez colocado el hueso en alguna discreta maceta, será eliminar la grasa de sus dedos antes de que se manche la corbata o el vestido de su señora, con el consiguiente riesgo de divorcio. Legiones de dedos grasientos desfilan ante macetas llenas de fémures de codorniz, c´est la vie.
Finalmente, tras las estúpidas conversaciones en grupos al que siempre se adscribe un bocazas gilipollas, -algo imprescindible no se sabe por qué-, y tras la exhibición femenina de zancos (ellas los llaman tacones) y pechugas (los escotes son escandalosos), la peña se disuelve de camino al salón donde sirven la cena, de la que trataremos oportunamente en la próxima entrega.

1 comentario:

Juan Al dijo...

Eyy te has olvidado de los carroñeros... esos que aprovechan el revuelo creado alrededor de una maruja que se está ahogando al atragantarse, y que mientras se hace corrillo alrededor de la casi difunta, sacan sus garras y zarpas a pasear para apropiarse de las viandas que los que se deleitan con el ahogamiento han dejado abandonadas en las mesas de diseño francés (putos taburetes de toda la vida pero caros de la leche).