ESTE BLOG SE CERRARÁ EN BREVE (si no tenemos tiempo para mantenerlo... ¿para qué tenerlo parado?)

jueves, 28 de enero de 2010

Los maricas de enfrente

Con este post pongo fin a la mini-serie sobre los vecinos del edificio donde trabajo, que si no al final me localizarán y me lincharán. Hoy toca comentar sobre los maricas del piso de enfrente.

De entrada diré que sé que en la progrespaña actual eso de decir marica está mal visto. Pero a mí me la suda, y además marica es más fácil de escribir que homosexual, con tanta hache y tanta equis. Vale, podría escribir gay, pero ese anglicismo es una mariconada.
A lo que íbamos. Teníamos enfrente dos maricas encantadores. No sólo eran muy simpáticos y educados, -ambas cualidades difíciles de encontrar en la sociedad moderna-, sino que además eran buenos vecinos. Nos recogían paquetes cuando la secretaria no había llegado, nos avisaban cuando había alguna novedad vecinal, elucubraban con nosotros acerca de qué se cocía en el Club Panoli, etc.
Sin embargo tenían un serio problema: follaban muy alto. No quiero decir que se subían a la azotea para realizar el acto, me refiero al sonido. Resulta que dos de los despachos de nuestro trabajo, entre ellos el mío, daban pared con pared a su vivienda. Y según dónde les diera el apretón los jadeos me los regalaban a mí o a un compañero. El caso es que cuando comenzaban jadeaban alto y claro. Y joder, vaya si lo pasaban bien y vaya si duraban. A uno le daban ganas de hacerse sodomita, cruzar el rellano, llamar a su puerta y apuntarse al revolcón de lo bien que lo pasaban.
Vista la cosa así hacía hasta gracia. Pero a veces causaban algunos problemas. Por ejemplo con las llamadas telefónicas. Imagínense que llaman a su abogado y le realizan consultas que él contesta con sesudas interpretaciones jurídicas. Y en plena conversación imaginen que oyen al otro lado de la línea unos exagerados jadeos sexuales proferidos sólo por hombres. Seguramente les pasaría como a nuestros clientes, no sabrían si llamaban a un despacho de abogados a una casa de orgías para homosexuales.
La cosa continuaba, puesto que no nos atrevíamos a pedirles que fueran más discretos por si salíamos en la tele y en las portadas de los periódicos acusados de homófobos. Así que llegó el día en que mi señora llamó para encargarme que comprara no sé qué en el supermercado al regresar a casa. Mientras ella decía que apuntara cebollas, leche, pan… se oían unos jadeos que ni en la más salvaje de las pelis porno del género sodomita. Mi señora me preguntó qué era eso que se oía. Y claro, contestarle que eran los maricas de al lado y no creérselo fue todo uno.
Le juré y rejuré que aquellos jadeos no provenían de mi despacho sino de la vivienda de al lado, pero ella no me creía. Así que le dije que viniera un día a oírlos ella misma. Me costó, pero conseguí que viniera. Y aquel maldito día los muy cabrones en lugar de jugar al sexo se dedicaron a jugar al parchís.
Desde entonces mi señora sospecha que soy marica. Y encima me tiene a pan y agua. Pero a ellos les da igual porque siguen todos los días dale que te pego. Cabrones…

martes, 26 de enero de 2010

Club Panoli

Continúo con esta saga vecinal que ya me está enganchando. Hoy les hablaré de la puerta 1.

La puerta 1 está en el primer piso, y en él tenía su sede un curioso club cuyo nombre real no diré para que no me metan una querella. Así que por una cuestión de parecido fónico le llamaré Club Panoli.
Olvídense los libidinosos y abandonen ya este blog, porque el Club Panoli no es un club de putas, sino un club marujil. Se trata de un club extraño y peculiar. Un piso en pleno centro, zona pija para más señas, en el que una serie de marujas se reunían un par de tardes a la semana para no se sabe qué. Y cuando digo que no se sabe qué es porque no se sabe qué.
Si una tarde entrabas en el patio en los momentos previos a la reunión del Club Panoli encontrabas allí unas 30 ó 40 señoras mayores pijas, de ésas que van de peluquería, perfectamente maquilladas, con más joyas que y adornos que un árbol de Navidad, y a poder ser con abrigo de visón aunque no hiciera frío.
El patio, el ascensor y el primer tramo de escalera era un gallinero de señoras cacareando cada una más fuerte que la otra. Al entrar no entendías lo que decían, pero era obvio que se pelaban unas a otras y cotorreaban de todo lo cotorreable.
Cuando llegaba la hora de incio de sus secretas actividades todas se metían en el piso y la paz llegaba al antes bullicioso patio de la finca. La estampa volvía a repetirse cuando acababan su reunión y se marchaban a sus casas.
Nunca hemos sabido de qué carajo iba eso del Club Panoli. En mi trabajo alguno ha elucubrado acerca de si eran reuniones de "taper-guares", otro más al día decía que de eso nada, que "taper-sex" directamente, y otro decía que contrataban boys y se montaban sus fiestas particulares con la visa de los maridos. En el vecindario se habló de akelarres, orgías, dipsomanía, moda... pero nadie pudo afirmar nada.
Nunca hemos sabido qué demonios es el Club Panoli, y nunca lo sabremos, porque un buen día se largaron y no han vuelto más.

viernes, 22 de enero de 2010

Los paticortos

Como me ha dado por hablar de los habitantes del edificio donde trabajo hoy les hablaré de los paticortos del segundo piso.
En el segundo piso había una extraña empresa del tipo guay que celebraba eventos, conciertos y cosas así. Ocupaban las dos puertas y disponían de un estupendo piso de más de 300 m2 por el que debían pagar un pastón. Pero sé que esto a ustedes no les importa, así que les hablaré de los tipos de la susodicha empresa.
Allí trabajaban 3 ó 4 tipos casi iguales (por eso no sé si eran 3 ó 4). Todos eran más chulos que un ocho y todos eran bajitos y paticortos. Encima seguían esa insana costumbre de la juventud moderna de llevar el talle del pantalón a la altura de las rodillas enseñando un penoso y hortera calzoncillo con un macarra letrero de Calvinclein. Así que ya pueden imaginarse ustedes... si eres bajito y encima te pones esos horrendos pantalones quedas de paticorto ridículo porque parece que las zapatillas te salen de las rodillas. Pero ellos se creían guapos y elegantes, ya ves tú.
Otra insana costumbre de aquellos fulanos era no quitarse jamás las gafas de sol. Daba igual verlos por la calle o cruzártelos en el patio, daba igual que fuera de día o de noche. Ellos siempre iban con sus gafas de sol con un aire chulesco que tiraba "patrás".
Siempre me han irritado los tipos que van con gafas de sol por la noche, pero un día comprendí por qué era así. No me pregunten la razón porque la desconozco, pero una noche, una sola noche, vi a uno de los paticortos sin gafas de sol al cruzármelo en la escalera. No sé cuál de los 3 ó 4 (si es que había 4) paticortos era el fulano sin gafas, pero sí sé que el tipo aquel sin gafas de sol no era nadie. Al despojarle de las lentes el fulano se convertía en una nada insignificante, en un don nadie paticorto ignorado por todo y por todos, en "res de res". Sin sus gafas aquel tipo era la personificación más absoluta de la nihilidad.
No sé cuál de los 3 ó 4 paticortos fue el que me encontré, aunque podría ser cualquiera de ellos porque los 3 ó 4 eran iguales. Pero sí sé que al día siguiente me lo volví a encontrar con sus gafas de sol y su recuperada personalidad chulesca paticorta.
Por cierto, los paticortos chulescos tenían una empresa dedicada a la organización de eventos y conciertos. Así que podrán imaginar que el negocio no les duró más de un mes desde que Querido Líder negó por primera vez la crisis.

martes, 19 de enero de 2010

KGB

En un exitoso post que publicamos hace tiempo comenté que trabajo en un quinto piso, y hablé de la muy interesante actividad que se ejercía en el tercero y que provocaba impactantes encuentros en el ascensor. Hoy toca hablar de los antiguos inquilinos del 4º piso.
El piso fue alquilado por un chico gordito y tímido que curiosamente conocíamos porque había ido al mismo colegio que un compañero de mi despacho y yo mismo. Se trataba del típico chaval introvertido con el que apenas nadie hablaba y que no se había comido un rosco en toda su vida. No me malinterpreten por lo que voy a escribir a continuación, pero es fundamental para entender el relato: era el típico tímido gordito gafotas al que las chicas no le hacen caso nunca. No quiero ser cruel ni criticar a este tipo de muchachos, que al fin y al cabo yo también soy gafotas y no estoy precisamente cachas, pero ustedes ya entienden a qué me refiero.
Por eso nos sorprendió cuando nos dijo que se había casado. Pero aún fue más fuerte lo que vino luego. Un compañero tras otro me hablaban de una tía escultural e impresionante que se cruzaban en el ascensor. Yo me reía del tema. Hasta que un día un cliente que vino al despacho, -señor serio donde los haya-, me suelta que se ha cruzado en el ascensor con una tía despampanante que había bajado en el 4º piso. Obviamente, ver a un tipo tan serio hablar como un adolescente bupero picó mi curiosidad.
Y entonces me la crucé acompañando al gordito. Me quedé bastante sorprendido con la chati. Era una rubia ucraniana escultural, más alta que yo, de mirada lasciva. Cómo explicarlo… tenía la típica pinta de actriz porno del este (yo no he visto ninguna peli porno del este que no soy un guarro, pero ustedes, que son unos guarros y sí las ven, ya me entienden y se pueden imaginar cómo era la tía). Pero me quedé estupefacto cuando el gordito me la presentó como su señora. No sé si fue por mi cara de sorpresa o porque las tías buenas del este suelen ser una sobradas prepotentes, pero ella me miró de arriba a abajo y movió altiva la cabeza a modo de presentación. Huelga decir que en el trabajo el caso del matrimonio tía buena del este-gordito tímido fue largamente comentado.
El chaval gordito llegaba a su trabajo en el cuarto piso de lo más contento todos los días. Pero poco a poco comenzó a notarse que algo le preocupaba. Esta fase coincidió con la llegada de un montón de peña del este. Cada día entraba y salía un montón de gente del piso de abajo, siempre de dos en dos. Normalmente las parejas eran de hombres o de mujeres: cuando eran mujeres eran de un maleducado que tiraba para atrás. Cuando eran hombres eran los típicos tíos con pinta de la KGB, y estoy convencido de que llevaban pistola bajo la chaqueta, porque ésa era la pinta que tenían.
Un buen día el chaval gordito desapareció, aunque su mujer (la tía buena) y las demás tipas del este junto a muchos tíos de la KGB seguían viniendo. Pronto aparecieron en la fachada placas de extrañas empresas y sociedades varias domiciliadas en el 4º piso, pero del gordito ni rastro. Finalmente dimos por perdido al chaval y concluimos que debe descansar en el fondo del Volga con los pies de cemento (para los listos: sabemos que el río que pasa por Ucrania es el Dniéper y no el Volga, pero el Volga le da un aire KGB que no tiene el otro).
Mientas los peces del Volga se comían al gordito las cosas en el piso de abajo cada vez eran más sospechosas. A veces entraban grupos de tías con aspecto de peli porno húngara, en otras ocasiones entraban parejas de tipos con pinta de matones entrenados por la KGB. Nunca eran las mismas personas salvo las 4 chicas y el par de fulanos KGB habituales, además de la esposa, quise decir viuda, del gordito.
En ocasiones desde la ventana de abajo se oían discusiones y gritos en ruso o ucraniano (cuando hablan con alfabeto cirílico es que no distingo). Recuerdo que en ocasiones el tono de las discusiones era tal que comentábamos "en cualquier momento hay que hacer cuerpo a tierra porque se lían a tiros".
Con el tiempo, y con el pobre gordito buceando en el Volga, llegamos a temer que en un ajuste de cuentas alguien equivocara el piso y apareciera metralleta en mano en nuestro trabajo diciéndonos en ruso "comed este plomo de parte del capo de Ekaterimburgo" o algo así. Imaginábamos morir sin entender nada y nos daba bastante mal rollo.
Un viernes salimos de trabajar y todo era como siempre. No sabemos qué pasó el fin de semana, no sabemos si murió mucho ucraniano o si Putin en persona ordenó desmantelar aquello de manera limpia y en silencio. El hecho es que al volver el lunes el piso de abajo estaba completamente desmantelado y no había ni rastro de nadie...
Del gordito nunca más se supo, pero calculo que su cadáver debe estar meciéndose al ritmo de la corriente del Volga con una sonrisa perenne de ésas que se tienen cuando uno se muere pensando "sí, sí, gordito y tal, pero me he estado cepillando una ucraniana con pinta de actriz porno que vosotros ni oleréis en toda vuestra vida"...

viernes, 15 de enero de 2010

¿Te masturbas pensando en tu cuñada?

Como tantos españolitos soy de los que reniegan de la mierda de televisión que se hace en España y, al mismo tiempo, a veces me quedo obnubilado viendo un programa lamentable. Normalmente ocurre cuando me ataca el insomnio y me pongo a ver chuminadas en esos canales de la tedeté que hay ahora en la parrilla.
Hace un tiempo tuve ocasión de ver un programa que me dejó fascinado. Se llamaba "El juego de tu vida" y lo largaban a una hora intempestiva en la segunda o tercera cadena que Tele 5 tiene en el tedeté. Y como sé que ustedes no ven televisión y pasan las noches leyendo la "Ética a Nicómaco" y otras obras de Aristóteles me va tocar explicar de qué va la cosa.
El programa lo presenta una rubia churra que presenta casi todos los programas de la cadena (creo que se llama Emma no sé qué). El rollo consiste en que un tipo debe responder a una serie de preguntas y alguien o algo decide si ha dicho la verdad, en cuyo caso acumula dinero, o si ha dicho una mentira, en cuyo caso pierde todo lo ganado. Las preguntas van subiendo de tono y son cada vez más comprometidas cuanto más dinero esté en juego.
Acompañando al concursante van 3 familiares o amigos, a los que la presentadora churra les da bola y conversación. Ustedes se preguntarán qué pintan ahí 3 familiares o amigos. Muy sencillo: que un fulano diga verdades o mentiras no importa a nadie. Lo que le importa a la peña y da audiencia es que se siente a responder una rubia y frente a ella estén su marido, el mejor amigo del susodicho (pongamos que se llame Manuel) y su suegra. Y que a la rubia le pregunten "¿te cepillas a Manuel en tu propia casa cuando tu marido se va a trabajar?". Entonces enfocan al tal Manuel, al marido y a la suegra, ponen una musiquilla misteriosa y la tía contesta "sí". Una voz metálica y profunda suelta "eso es ... verdad", y entonces te enfocan al marido con cara de cornudo mala hostia y al amigo con cara de soy un machote. De la suegra y su cara "ya-lo-sabía-yo-eres-una-zorra"ni hablamos. Puede que todo sea un montaje, pero al parecer es esto lo que le mola a la audiencia.
El caso es que el otro día me quedé patidifuso. En el sillón había un tipo, y como familiares su señora, su cuñada (es decir, la hermana de su señora) y no sé quién más. El tío va superando preguntas cada vez más comprometidas hasta que llega la que a mí me dejó flipado: "¿Te masturbas pensando en tu cuñada?". Enfocan a la cuñada y va de risitas, enfocan a la esposa y va de enfado espectante y lo enfocan a él y va de risita nerviosa. En eso, tras 3 minutos de tensión, musiquita misteriosa y demás, el fulano contesta "sí". La máquina corrobora "eso es... verdad". La cuñada con cara de agradecida sorpresa y risitas nerviosas, y la esposa con una cara mezcla de alucinación y mala leche.
Si era montaje o no es lo de menos. Sólo sé que en la siguiente velada familiar tipo paella del domingo no me fiaría mucho si el fulano se levantara para ir al baño. Más que nada por si le daba por pensar en su cuñada y darle al palillo con delirio...

miércoles, 13 de enero de 2010

Avatar.... joer

Lo malo de tener hijos es que te fuerzan a ir al cine a ver películas que no te apetecen. Por esta razón, y sólo por esta razón, incumplí ayer una de mis máximas de no ver una película de marketing asfixiante. Sé que piensan que estoy loco, pero cada uno tiene sus manías. Y la mía, entre otras muchas, es negarme a ver las películas que ellos quieren que yo vea. (Ellos, los genios del marketing jolibudiense). Cualquiera que se salga de la fila sabe que es asunto complicado, y como muestra rastreen los posts del mes de noviembre y verán lo que piensan de mí los aficionados a Disney. Pero dejemos el rollo y vayamos al asunto.
Como decía, Avatar es una película que jamás habría visto en el cine, pero el amor de padre puede con todo y me tocó llevar a mis hijas a la reunión de infraseres en que se convierte un centro comercial y de ocio durante el fin de semana. Algún día hablaré de lo que vi allí, pero hoy me centraré en la peli.
Avatar es una peli para vender, lo que significa impresionantes efectos especiales junto a un guión que podría haber escrito un chimpancé y un marketing que puede calificarse de obra maestra (no se confundan, hablo del marketing no de la peli).
La película va de unos pitufos altos y sin barretina que habitan un planeta llamado Pandora (tócate los cojones) que es un paraíso selvático y natural. Allí llegan los humanos para desforestar todo cuanto se ponga por delante mientras los pitufos se defienden lanzando flechas. Vamos, meta usted en una coctelera unos pitufos altos y sin barretina, ptedoráctilos y demás animales prehistóricos pero con nombres inventados, batallas aéreas como las de “Pearl Harbour” pero con ptedoráctilos y naves espaciales, unas cuantas explosiones y una morena pilotando un futurista helicóptero en plan guerra del Vietnam. Meta todo esto en la coctelera y agite bien… mézclelo con mensajes ecologistas y una alegoría de la desforestación del Amazonas y del choque de culturas conquistador-conquistado, y ahí estará esta peli superventas para la que cuesta encontrar una entrada.
Pero para que el marketing funcione del todo hay que lanzar un gancho. Y aquí el truco es hacer correr el bulo de que en la peli sale Angelina Jolie. Mi hija no paró de decirme que salía esta muchacha, por lo que pensé que al menos vería algo de carne. Pero no. Vas allí pensando en ver a la Jolie y sólo le ves las tetas a una pitufa gigante sin barretina. Y es que a mí sólo me pone verle las tetas a una pitufa si lleva barretina. ¿Pero desde cuándo los pitufos no llevan barretina?. Qué peli más mal documentada, joder.
Otro básico del marketing americano es que los alienígenas, -insisto en que son pitufos altos sin barretina-, sean muy característicos y hablen un extraño idioma. Sólo así se conseguirá que aparezcan asociaciones de frikis, gilipollas o ambas cosas a la vez, en las que se reunan los susodichos ridículamente disfrazados y se dediquen a hablar el inexistente lenguaje alienígena para picarse con los no menos frikis, gilipollas, o ambas cosas a la vez, que han hecho lo propio con Star Trek.
En fin, ustedes verán. Pero si no tienen obligación de ir evítenlo. Pueden, por ejemplo, ver cómodamente en sus casas un peliculón como “El día de los tramposos”, de Mankiewicz, que es la que me puse al llegar a casa para desintoxicarme.

domingo, 10 de enero de 2010

Semáforo ambiguo


Llegué al semáforo y ... no supe qué hacer. (Pero hice esta foto).

lunes, 4 de enero de 2010

Diario de un convalenciente: Natación (II)

Tras mi dura experiencia en la piscina continúo con la mejor parte de la natación: ir al "espá". Debo decir que el espá de mi gimnasio tiene un atractivo especial: es unisex. Así que allí nos juntamos en plena igualdad y convivencia hombres y mujeres.

Paseo mi cuerpo serrano en dirección a la sauna y me meto allí. Pero cuando me siento... !!!joder, que me quemo el culo¡¡¡¡. Y es que en las saunas todo es de madera, muy bonito, muy nórdico. Pero aparte de que hace un calor de cojones todo lo que tocas quema como un demonio. Cuando he conseguido acomodar el culo a la abrasadora banqueta miro a mi alrededor y veo unos cuantos fulanos mayores, calvos y con pancha. Allí sentados nos ponemos a hablar, cómo no, de fútbol, mientras de nuestras lorzas rezuman litros y litros de sudor. (Realmente si te paras a pensarlo la sauna es asquerosa).

En la sauna hay un reloj de arena que dura 10 minutos, que al parecer es el tiempo prudencial que no conviene exceder. Cuando el reloj está a punto de acabar comienzo a levantarme para salir de ese infierno. Y justo entonces la chati de exuberantes pechos que nadó a mi lado se dirige a la puerta de la sauna...

Los ejecutivos gordos y calvos dejan de hablar de fútbol y quedan en un silencio nervioso y espectante, de sonrisitas tontas como si fueran niños de BUP. Como yo ya he hecho bastante el ridículo en la piscina prefiero salir de allí y dejar a la chica con los fulanos.

Una vez fuera me humea todo el cuerpo, así que me pego una ducha y decido meterme en el "yacusi" a relajarme. Las burbujitas me dejan medio adormilado y me pongo a imaginar que llegan dos tías playboy y se sientan sonrientes a ambos lados para que las rodeee con mis brazos ante la envidia del personal. En eso se abre la puerta de la sauna y la tía cañón se dirige directa hacia mí. Sonrío y, justo al llegar al "yacusi", la chati agarra la toalla que cuelga a un escaso metro de donde me encuentro, da media vuelta y se larga al vestuario sin siquiera mirarme.

Acto seguido se abre violentamente la puerta de la sauna y salen los tipos gordicalvos rojos como tomates, humeantes, medio asfixiados, quemados y tosiendo por haberse tirado más de media hora ininterrumpida a 90º sólo por mirar a la tía. Que llamen a un médico.

En eso se acercan 3 tías y se meten en el yacusi. Pero va a ser que no, que tienen más de 60 años y kilos y esto no tiene nada que ver con el Playboy. Finalmente, cansado de imaginar capulladas, me dirijo al vestuario, donde los fulanos gordicalvos aún intentan recuperar las constantes vitales.

Al menos en esta sesión mi rodilla no ha sufrido. Aunque lo siento por los ejecutivos gordicalvos, que tardarán en recuperarse.