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miércoles, 30 de diciembre de 2009

Diario de un convaleciente: Natación (I)

A esta peña no le basta con que me duela el culo por hacer bicicleta. Ahora también me dicen que debo nadar. Y yo, que quiero recuperarme cuanto antes, me preparo para ello.
Mi señora me dice que no me preocupe, que me ha comprado un bañador de competición. Obvio la coña de la competición y me pongo el bañador. Resulta ser un “turbo pelotari” que haría furor entre los macarras de los 70. Cuando me veo las lorzas sobrepasando el bañador y la correspondiente marcada de paquete, meto en la bolsa un bermudas de toda la vida y salgo de casa diciéndole a mi señora “borde”, a lo que responde con una cínica sonrisa.
Creo que ya he comentado más de una vez que mi gimnasio es muy grande y vacilón. Y la zona de aguas no podía ser menos. Hay allí una sauna, un baño de vapor y un jacuzzi cojonudos, junto a la reglamentaria piscina cubierta de 25 metros. Cuando llego veo a una serie de tipos y chatis con gorrito. Es curioso, pero todos parecemos espermatozoides con ese gorrito de goma puesto en la cabeza.
Me tiro a la piscina y comienzo. Un brazo, otro brazo, patadita por aquí, patadita por allá… en la piscina flotamos una serie de personas con pinta de espermatozoide en un absurdo vaivén de un lado a otro como un hamster en una jaula. Me pongo boca arriba para nadar espalda mientras mi pancha se desplaza a derecha e izquierda siguiendo mis torpes movimientos.
Y entonces ocurre lo de siempre. Al nadar espalda desvío mi trayectoria y ¡!rasss¡¡, me raspo el brazo con la corchera. A la vuelta me ocurre lo mismo, pero yo insisto. En el siguiente largo calculo mal y ¡!croc¡¡, me pego con la cabeza en la pared de la piscina. Es lo que suele ocurrir cuando nadas espalda y te olvidas de que la piscina tiene un final. Me cabreo, mando a tomar por culo la espalda y sigo con el crawl.
Entonces entra una señora mayor tipo tonel con un gorro de baño de florecitas de plástico que ha debido rescatar del fondo de algún armario que no abría desde aquellas vacaciones en Torremolinos en el 64. La señora nada con un estilo muy peculiar, que consiste en hacer el tronco. Hacer el tronco es dejarse llevar por la corriente haciendo zig-zags, de forma que siempre chocas con ella. Me desespero.
En una de las paradas que hago para poder respirar y para calcular la trayectoria del tonel que flota en mi calle me quedo alelado. Una tía de bandera se dirige a la piscina. Todos los tipos de la piscina se quedan igual de alelados, los hombres somos así de capullos.
La tía se mete en la calle de al lado y se pone a nadar cual sirena en el mar. Creo que ya he comentado en anteriores posts que parece que en mi gimnasio sólo dejan entrar a tías siliconadas, porque lo que se ve allí no es normal. El caso es que la chati se pone a nadar demostrando que sólo las mujeres pueden conseguir hacer de lo imposible algo posible, ya que resulta imposible que esos dos melones permanezcan sumergidos en el agua cuando nada crawl sin que la chica se vea expulsada hacia fuera dándose la vuelta. Y es que esta chica me demuestra que el Principio de Arquímedes es una falacia, ya que si fuera cierto que todo cuerpo sumergido en un líquido experimenta un empuje hacia arriba igual al volumen del líquido desalojado la muchacha saldría despedida hacia arriba. De eso no tengo ninguna duda, y por ello creo demostrado empíricamente que Arquímedes se equivocó.
Bueno, el caso es me pongo a nadar elucubrando sobre la falsedad del Principio de Arquímedes, al tiempo que mirando de reojo para ver si con un poco de suerte una teta de la chica deja de pugnar por salirse del bañador y finalmente se sale. Y mirando y mirando ¡!!!cotocrok¡¡¡¡… cabezazo contra la pared de la piscina. Que es lo que te pasa cuando nadas crawl pero, en lugar de mirar hacia delante, estás mirando a un lado a ver si se le sale la teta a la chica. En definitiva, con el golpe recibido y pensando que los tíos somos gilipollas, mando a tomar por culo la natación y me salgo de la piscina a pasear mis lorzas por el jacuzzi y descansar de una vez.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Diario de un convaleciente: Espínin

El médico y el fisio me recomiendan hacer mucha bicicleta para recuperar mi rodilla. Pero la vida moderna te da poco tiempo, así que un listo me ha aconsejado el espínin: “haz spining”, me dice, “te metes caña en una hora y si no te agotas siempre puedes bajar el ritmo sin caerte ni que te atropelle un coche”.

Y como mi gimnasio tiene unas instalaciones cojonudas y, entre ellas, una sala de spining muy vacilona, allá que me voy a hacer espínin…

Inocente y pardillo me acerco a la sala de spining unos minutos antes de que comience la sesión, pero allí hay un tumulto tremendo de gente que se pelea por un puesto en la clase. Se comportan como refugiados cuando se reparte el pan, se pegan codazos y discuten. En eso llega al monitor con una lista y comienza a llamar uno a uno al personal. Una serie de psicópatas equipados como si fueran a subir el Tourmalet van entrando en la clase, no sin discutir acerca de si yo me había apuntado antes que Pepito y a él lo llamas primero. Se les va la vida en ello. La clase se llena y el único idiota que no se apuntó se queda fuera. Como el idiota soy yo me piro del lugar.

Al día siguiente me apunto a la clase de las 19:00 llamando por teléfono al gimnasio tal y como me han indicado. Llamo a eso de las 8:00 de la mañana, después de desayunar. Seguro que soy el primero, pienso.

Diez minutos antes del inicio de la clase me persono en el lugar. Los mismos piscópatas del día anterior se agolpan allí nerviosos como si fueran drogatas con el mono prestos a conseguir su papelina y desesperados por chutársela. A esta peña le pasa lo mismo, sólo que tienen mono por subirse a la bici.

Comienzan a leer la lista y a mí no me mencionan. Cuando dicen mi nombre resulta que soy el nº 47 y entro en la clase por los pelos. ¡!! Dios mío, pero si llamé a las 8:00 de la mañana¡¡¡, ¿acaso estos psicópatas pasan la noche sin dormir para llamar antes que nadie? Me lo imagino con los ojos rojos llamando a las 6 de la madrugada y sintiendo un placer orgásmico al conseguir su puesto en primera fila en la clase.

Me subo en la bici y me siento un pringado. Y les explico por qué: yo llevo un pantalón tipo bermudas, unas zapatillas de deporte mondas y lirondas y una camiseta que me regalaron hace un tiempo que pone verdulerías no sé qué. Pero esta peña va en serio. Todos portan culottes y mayottes que ni Indurain. Al verte allí te crees que están en medio del pelotón del Tour de Francia. Ríase usted del Astana, el Rabobank y demás equipuchos profesionales. Lo digo en serio, los ciclistas profesionales son unos cutres al lado de esta gente.

Comienza la clase. Ponen una música horrible a toda pastilla y el monitor dice cómo y a qué ritmo hay que pedalear. La gracia del invento es hacerlo al ritmo de la música. Pero joer, es que ponen una música que no aguantarían ni los del Gran Hermano por hortera y chabacana. Con eso está todo dicho.

Te hacen ponerte de pie, sentarte, pedalear rápido, pedalear duro… a los 10 minutos sudo como un cerdo. Y no soy el único. Un tipo que está delante forma un charco a su alrededor.

Ponen una canción de ésas que son para matar a su autor y a quien lo escucha, pero se ve que gusta a estos psicópatas. Así que se ponen a gritar ¡!!uhhhh uhhhh¡¡¡ al estilo José Luis Moreno. También aplauden y se contornean de un lado a otro encima de sus bicis con los brazos en alto. El único que no sigue el juego soy yo, el pringado, el marciano, el débil. Pero qué quieren que les diga, ellos estarán muy conjuntados y resistirán el ritmo, pero estoy empezando a pensar que además de psicópatas son una panda de gilipollas.

La clase avanza y yo no puedo con mi alma, así que miro a mi alrededor mientras ellos van a lo suyo. La sala está rodeada de espejos en los que mi ominosa pancha se mece de un lado a otro. Para no acomplejarme miro los escotes, que de algo tendría que servir que las tías espineras vengan con unos escotes de escándalo a hacer bici, ya ves tú. Mientras ellos pedalean yo me entretengo pensando. Y viendo los escotes empiezo a tener claro que en este gimnasio no aceptan tías no operadas. Porque no es normal que todas tengan las tetas enormes y que a ninguna se le muevan por muchos saltos que dé.

La clase termina y todos están chopados como si salieran de la ducha. No sé si esto será bueno para mi rodilla pero desde luego sudar se suda un güevo. Yo salgo muerto, algunos salen cansados y varias psicópatas, -porque todas son mujeres-, salen corriendo para meterse en la clase de al lado donde se incorporan a una sesión de step o algo así y comienzan a dar saltos como locas. Al verlas uno no sabe si sorprenderse de que estén tan enfermas con el deporte, de que aguanten el ritmo, o de que no se le muevan las tetas.

Finalmente pienso que me duele tanto la cabeza con esta mierda de música que ponen que no creo que vuelva. Además, no pienso levantarme a las 4 de la mañana para pillar sitio.

jueves, 24 de diciembre de 2009

El gordo barbudo agente de la CIA...

Les diré una cosa. En esto de los regalos navideños soy profundamente monárquico. Para mí sólo los Reyes Magos pueden y deben traer los regalos. Y no ese bastardo usurpador que viste de rojo porque la Coca-cola lo decidió así.
Me toca los cojones que un gordo que dice jojojojo con manifiesta mala sombra pretenda colarse por mi chimenea a traer unos putos regalos. Estoy seguro de que ese tipejo es un agente de la CIA que viene a espiarnos. Que le den.
Por eso esta noche lo tengo todo preparado. Primero cenaré en familia, que es lo que toca. Luego, -un año más-, les diré a mis hijas que se olviden de regalos hasta el día 6 de enero, porque ese bastardo agente de la CIA no entra en nuestra casa. El año pasado me llamó la dirección del colegio por este tema. “Sus hijas dicen que…”, pero yo no me amilané, les dije que se metieran al gordo barbudo cabrón por donde les cupiera, que si querían niños yanquis se largaran a Kentucky que allí debe haber bonitos colegios, que aquí son los Reyes Magos y así debe ser.
Como decía esta noche lo tengo todo preparado. Encenderé la chimenea y rociaré el fuego con productos tóxicos para que el invasor yanqui se ahogue. Y por si llegara a bajar tendré cargada la escopeta de triple cañón que amablemente me trajeron los Reyes Magos el pasado año para la ocasión. Con un poco de suerte me lo cargo o al menos consigo que no vuelva a España nunca más.
No me tomen por violento. ¿no me agradecerían dejar de ver al capullo ése en los centros comerciales dando por saco con la campanita? ¿no me agradecerían dejar de oír el irritante jojojo por doquier? ¿de verdad no están hartos de ese infame personaje importado a la fuerza desde los USA? ¿de verdad no me lo agradecerían?. Mandar al otro barrio al gordo barbudo no es violencia, es justicia y tranquilidad.
Y otra es la de los capullos que ponen al gordo con una escalerita en el balcón, así como si entrara en plan robo con escalo… qué gracioso. ¿De verdad no les apetece que entre en esas casas por esa escalerita una banda de desvalijadores y los deje limpios? ¿Tenemos que aguantar a este gordo capullo por todas partes?
¿Y qué me dicen de los capullos que en las comidas de empresa se ponen el gorrito papanoelesco? Al trullo deberían ir todos. La acusación: por capullo y memo.
Lo dicho. Que le den al idiota ése y a sus renos con ese Rudolf a la cabeza, cuyo nombre es una mezcla de homosexual y jerifalte nazi.
Y ahora que se quejen los defensores de ese dios del consumismo como ya hicieran los seguidores del puto ratón Mickey hace unos meses en este mismo blog. Eso, que se quejen y luego que vayan dando lecciones de antimperialismo y cosas así. Yo mientras tanto seguiré esperando el día 6 de enero para que los auténticos, los nuestros, los tradicionales, los que no nos han impuesto a golpe de talonario… para que los Reyes Magos de Oriente nos traigan los regalos, tal y como ha sido toda la vida.
Por cierto, FELIZ NAVIDAD

lunes, 21 de diciembre de 2009

Diario de un convaleciente: correr

El médico me ha dicho que puedo empezar a correr, cosa que puede ser positiva no sólo para mi rodilla sino también para darle un toque a mi ominosa barriga (tal vez así deje de crecer). Así que he sacado del olvido mis zapatillas de deporte, me he colocado un pantalón corto que me da un toque Brad Pitt que ya quisieran algunos, y allá que me he ido a batir todo tipo de récords olímpicos en la larga distancia.
Salgo de casa, cierro la puerta y llego a un lugar adecuado y sin tráfico donde comenzar a correr. Avanzo un pie, luego otro y, a pesar de notar alguna sensación extraña en mi rodilla, comienzo el trote. El trote cochinero…
Mi trote es eso. Cochinero. Mis pasos son pequeños saltitos con los que avanzo unos pocos centímetros. La pancha se mueve acompasadamente con mis saltitos para arriba y para abajo. Igualito que una tetona corriendo por la playa pero con algo menos de sensualidad. Pero yo sigo con esfuerzo y dedicación.
Se ha hecho de noche y no hay coches alrededor, así que es fácil escuchar sonidos. Poco a poco voy oyendo un toc-toc-toc desde detrás que va aumentando en intensidad. De repente miro a mi lado y descubro el origen de ese ruido: es una enorme barriga seguida de un tipo con auriculares que también está corriendo. El tipo me pasa como si tal cosa y comienza a sacarme distancia para perderse en la lejanía en cuestión de un minuto causándome gran frustración. Cualquiera pensará que es normal que el primer día te adelanten. Pero el problema es que ese tipo pesa unos 120 kilos y tiene un culo el doble de gordo que el mío. Joder, si un tipo así de gordo me adelanta tan fácil ¿es porque yo estoy más gordo de lo que me creo o porque no tengo fuerzas ni para correr?.
No me amilano y sigo, aunque cada vez más lento. Al rato oigo una conversación marujil. Cuando me quiero dar cuenta 4 marujas sesentonas me adelantan mientras marujean y hablan de sus cosas alegremente. Pero lo peor de todo es que estas señoras no están corriendo sino andando ¡!y me adelantan¡¡.
Las señoras pasan de largo ignorándome por completo. Y yo me paro, mando a tomar por culo el footing y me vuelvo a casa a tumbarme en el sofá, que a eso no me gana ni el tipo gordo ni las señoras de 60 años…
PD: Al día siguiente me duele la espalda, las rodillas y los pies; y encima tengo unas agujetas de 3 pares. Correr no puede ser sano, che.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Diario de un convaleciente: El masajista

Entre el gimnasio y la propensión a las contracturas que me causa el estrés no me queda más remedio que ir al masajista. Así que hoy hablaré de ese hombre que me soba la espalda de vez en cuando.
Se trata de un tipo simpático y dicharachero al que le gusta hablar de fútbol y torturar espaldas doloridas causándoles más dolor. Pero a éste se lo perdono porque es amigo mío.

Cuando llego al lugar el colega está despidiéndose de su anterior víctima, -una pobre señora a la que le ha retorcido la espalda-, y me choca la mano con alegría al recibirme. Tras dejarme en la mano un olor a linimento que no me quitaré en semanas me invita a tumbarme en la camilla.

A mi masajista le gusta impresionar con cuestiones anatómicas. Una conversación típica inicial cuando llego es la que empieza con un “¿dónde te duele?”. Cuando yo le contesto “ahí en la paletilla” el colega me suelta “justo en la inserción del colodrillo supraespinal con el tendón probutiano que sale de la junta de la trócola hacia el potorro intrabdominal alterno”. Yo no suelo contestarle, pero pienso “o sea, la paletilla”.

Una vez pasado el trámite del vocabulario de anatomía llega el masaje en el que siempre caigo en el mismo error. Verán. Mi masajista, como yo, es aficionado acérrimo del mejor equipo del mundo. Pero hay dos nombres relacionados con tan insigne club que no puede soportar: Llorente y Albelda. Cuando los oye se pone nervioso; y si se pone nervioso hace pupa. Así que empieza el amigo a hablarme de la actualidad valencianista mientras me masajea con suavidad y, justo cuando va por el cuello, sale a colación Albelda. Repentinamente se tensa y me aprieta algún extraño tendón mientras despotrica del interfecto, y yo le doy la razón a todo lo que dice intentando cambiar de tema para que se relaje. Imaginen la suave y relajante sensación de un masaje en su cuello… de repente se oye el nombre de Albelda y esa sensación pasa a la de notar cómo te hacen un nudo con el cuello. Recuerden, si van a mi masajista no hablen de Albelda.

Últimamente le ha dado por los puntos gatillo. ¿Que qué es eso? Pues yo casi lo definiría como... a ver cómo lo defino. Si el Aleph era para Borges un único punto donde se concentraba todo el universo, el punto gatillo es un único punto de tu cuerpo donde se concentra todo el universo del dolor mundial. Y explicado el concepto pasemos al puto gatillo ... ¿o era punto? da igual, duele tanto que es más acertado llamarlo puto gatillo (y de paso me ahorro teclear una ene). Pero volvamos al tema: igual que hay tipos que sienten una vis atractiva hacia las mujeres o hacia los bares, mi masajista pasa de todo eso y se ve atraído por los puto gatillo. Los detecta de inmediato, y en cuanto los encuentra se pone a apretar con el objeto de infringir el mayor sufrimiento posible. Y lo provoca el muy mamón. Mientras te aprieta diserta sobre el puto punto gatillo y te dice que es una contractura y blablabla... porque yo no entiendo nada cuando mis oídos quedan bloqueados por el dolor. No sé si lo he escrito ya, pero mi masajista es un cabrón.

Otra cosa que le pierde a mi masajista es el frío. Resulta que un buen amigo común, que además de médico es un cabrón con pintas, le recomendó la crioterapia (que es una forma fina de decir “aplicación de un frío de cojones”). Así que el masajista me aplica unos ungüentos salidos del sótano de una bruja, me sopla un spray que pica una barbaridad y luego me pone un mugriento trapo de cocina mojado. Dichoso aquél que no ha vivido la experiencia: todo el frío del Ártico concentrado en un solo músculo que hace que se te ericen hasta los pelos del culo.

Otro momento tenso es cuando aplica el masajeador, una especie de aparato eléctrico con forma de consolador de los 70 con el que te tortura apretando los puntos débiles de la musculatura, con especial incidencia en el puto gatillo correspondiente, claro. Yo creo que simplemente le gusta hacerme sufrir, aunque al menos aún no me ha metido el aparato ése por donde amargan los pepinos (lo cual es de agradecer).

Otra de sus manías es ponerme fecha de caducidad. Le digo que me duelen las lumbares y él en seguida comienza a mover la cabeza con preocupación. Olvídate de la bicicleta, me dice, si vas a nadar que sea sólo un poquito, no subas, no bajes, no hagas nada porque tu espalda está hecha polvo y no hay nada que hacer. El otro día le dije "¿me prestas la pistola o prefieres que me pegue el tiro en casa?", pero él se ríe y luego sigue condenándome a la postración y a la minusvalía.

Como decía, mi masajista es tío simpático. Por eso cuando termina siempre afirma que me he quedado mareado y tranquilo y que es porque me ha liberado endorfinas (o algo así) con el masaje. Yo le digo que sí, que me ha liberado las endrinas ésas, pero en el fondo tanto él como yo sabemos que todo torturado acaba mareado.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Diario de un convalenciente: En el vestuario

Ya llevo varios días y estoy empezando a cogerle el tranquillo a las pesas. Pero hoy es mi obligación hablar del vestuario. Se trata de un lugar amplio y luminoso en el que se suceden una serie de pasillos flanqueados por las taquillas donde se guarda la ropa.

Para mi desgracia el vestuario no es unisex, así que por allí sólo pululan tíos. Se trata de unos tipos extraños. Casi todos son bajitos, y de hecho miden más de ancho que de alto. Muchos de ellos llevan la cabeza rapada y casi todos van depilados y portan algún tatuaje. Los hay que llevan algún detallito en la espalda o en el pecho, pero hay otros que tienen escritas en su vientre o en los riñones frases sobre el éxito y el esfuerzo, o letras chinas en cuello o espalda. Unos flipaos, vamos.

Cuando estos sujetos se encuentran en el vestuario se saludan efusivamente, chocando las manos con tal fuerza que se oye splasssssshhhhhh, y luego se dedican a conversar voz en grito acerca de sus conquistas de fin de semana con gran finura y respeto, con frases irreproducibles aquí sobre si se tiró a una o la otra era una zorra. Muy educativo. Cuando ya todos nos hemos enterado de lo grandes folladores y misóginos que son se quedan contentos y se meten en la ducha.

Esto de la ducha merece un capítulo aparte: se desnudan y se dedican a pasearse en pelotas por el vestuario sin el más mínimo recato. Pero lo más curioso es mirarlos desde arriba hacia abajo. Primero un cráneo rapado y hueco, luego un saco de músculos con la piel perfectamente bronceada y depilada, y luego…. pues luego los testículos de un niño, porque todos ellos llevan los cojones perfectamente depilados. Resulta curioso ver a tipos musculosos que salen de la ducha y te ciegan con el brillo que reflejan sus cojones depilados.

Qué quieren que les diga. A los que nacimos en los 60 y somos de cojón prieto y peludo esto de depilarse nos parece una mariconada. Por eso en ese vestuario me siento tan sólo, porque allí estoy yo con mi piel color ala de mosca, con mis lorzas, mis tetillas de buda... y con mis cojones prietos y peludos, como son los cojones de toda la vida. Y por eso cuando veo cerca a alguien que como yo sólo va allí a ponerse un poco en forma y que tiene pelos en los güevos nos miramos con complicidad. Y con nuestra mirada cómplice y sin hablar nos preguntamos qué cojones hacemos allí rodeados de niñatos descerebrados que creen que afeitarse los güevos es lo más guay del mundo. Así está la cosa…, por eso ahora me sorprende menos que exista la fauna que sale en la tele en Gran Hermano y programas similares.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Diario de un convaleciente: Tetas

En el último post comenté acerca de las clases colectivas, pero hoy voy a concretar.

Las aulas tienen unas paredes de cristal para que puedas ver lo que pasa allí dentro. Y una de esas paredes da justo al pasillo de acceso a los vestuarios, de tal forma que cuando vas a la ducha te ves obligado a ver qué ocurre en su interior.

Y el caso es que estaba intrigado con eso de los nombres raros de las clases, así que cuando veo al pasar que va a comenzar una clase me quedo allí para ver de qué va el asunto.

En el aula hay unas 20 chatis (21 si contamos a la profe). Cada una de ellas coloca una especie de cajón de plástico en el suelo y espera el inicio de la clase. De repente la profe pone una música y todas las chatis se ponen a bailar una especie de coreografía en la que suben y bajan del cajón de plástico dando saltitos y tal.

Primero alucino al ver cómo saben los movimientos y van todas al unísono, pero cuando me doy cuenta de otra cosa es cuando me quedo atónito. Con el ritmo de la música las 21 chatis (incluyendo a la profe) comienzan a dar saltitos hacia delante y hacia detrás, y ésta es la razón por la percibo de que allí no sólo hay 21 chatis, sino también 42 enormes y descomunales tetas. Juro que no lo digo con ánimo libidinoso, porque no miro esas enormes 42 tetas (todo el que me conoce sabe que a una mujer sólo le miro los ojos). Las miro ¡¡¡porque no se mueven ni un milímetro!!!!.

Efectivamente las 21 chatis dan saltos, dan vueltas, se agachan y se levantan, pero las dos tetas que cada una lleva encima siguen quietas, en sus sitio y sin moverse lo más mínimo.
¿Cómo es posible que una chati tenga delante dos enormes melones y no se muevan cuando ella se mueve? Dicen que Newton elaboró la Ley de la Gravitación Universal porque un día le cayó una manzana en la cabeza cuando dormitaba bajo el manzano. Si Newton hubiera asistido a esta clase de aerobic probablemente el mundo sería muy distinto, porque su Ley de la Gravedad no versaría sobre la atracción de los objetos hacia el suelo. Basta observar a estas chatis para darse cuenta de que la Ley de la Gravedad es mentira, y que si Newton se hubiera fijado en melones en lugar de manzanas se hubiera dedicado a otras cosas.

O tal vez no. Tal vez Newton hubiera ideado la misma Ley de la Gravedad pero advirtiendo que con silicona la atracción hacia el suelo queda compensada. Al menos eso es lo que mi rodilla y yo vemos en el gimnasio.

martes, 8 de diciembre de 2009

Cenas de empresa (llega el terrorífico momento)

No sé si pasará en todo el mundo, pero en España sí que pasa. Y lo que pasa es que la sociedad española se mueve a base de impulsos que se repiten año tras año. Hasta hace poco tiempo esos impulsos se basaban mayormente en costumbres ancestrales donde lo que importaba era comer y beber. Pero desde hace un tiempo estamos importando bárbaras y ridículas costumbres desde los Estados Unidos en las que no es tan importante comer y beber sino hacer el gilipollas. Me refiero a constumbres tales como ir a Eurodisney, el jalouin de los cojones (lástima que se me escapara un post sobre tan señalada fecha, tal vez el próximo año) y, en estas fechas prenavideñas, las cenas de empresa.
La primera palabra que me viene a la mente con las cenas de empresa es la palabra timo. Y lo digo porque en esas fechas hacen su agosto en plan caradura todos los restaurantes de la ciudad. No se hagan los inocentes, ustedes saben que esa noche se cena como el culo a precios de lujo. Y todo porque esa noche hay que salir a la cena de empresa por cojones, porque así tiene que ser, que para eso se ha impuesto la moda desde hace pocos años.
El caso es que sales esa noche a cenar y todo está a parir. No se puede aparcar, no se puede andar por la calle, casi ni se puede entrar en el restaurante. Y allí dentro mesas kilométricas con un puto mantel de papel están apelotonadas, de tal forma que los respaldos de la silla de una empresa chocan con los de la otra.
Una vez sentados comienza una mala cena con productos de pésima calidad y un lamentable servicio. Pero… ¡!!!ayyy amigo¡¡¡¡¡, en la mesa hay abundantes jarra de sangría y/o vino barato que la peña bebe con ganas. Y cuando te descuidas aquello es un enjambre de gritos y jolgorio donde ni cenas ni hablas. Sólo gritas, chillas y te ríes no sabes de qué.
En estas cenas es básico que antes del postre un capullo saque los gorritos papanoelescos para que sus no menos capullos compañeros se lo pongan. Cuando te descuidas todos los comensales llevan el maldito gorrito papaloenesco, porque en todas las empresas que se apelotonan en el restaurante hay un capullo que saca los gorritos y otros no menos capullos que se los ponen.
Cuando ya todo el mundo anda haciendo el ridículo con el gorrito de marras los chillidos, el humo del tabaco, el jolgorio y el ruido forman una amalgama ininteligible e insoportable. Aún no entiendo cómo es posible que en ningún lugar de España algún camarero no haya asesinado a todos los comensales. Tal vez sea porque afortunadamente yo no soy camarero, y no es cuestión de estar yo allí con mi puto gorrito haciendo el memo y querer matar a los demás por hacer lo mismo.
Tras el café y la copa la cosa ya desbarra bastante. La mojigata secretaria anda dándose morreos con el de contabilidad, el jefe le mete mano bajo la mesa a la jefa de recursos humanos mientras ésta habla con su marido por el móvil diciéndole cariño acuesta ya a los niños que llegaré tarde. Una estampa normal en la vida moderna, vamos.
Cuatro comerciales animan a una administrativa a que suba a la mesa y haga un “estrip-tís”. Dan pena gritando allí con sus gorritos de mierda. Es que lo pienso y veo a 4 Arturosvalls de Cámera Café (nunca se ponderará lo suficiente lo clavado que está el personaje de comercial cretino que hace el bueno de Arturo Valls).
Cuando los camareros llevan ya hora y media intentando infructuosamente que todos los capullos (y capullas, oiga) abandonen el local, se hartan y comienzan a bajar la persiana. Sólo así consiguen que la peña se largue. Y entonces comienza una nueva fase de descontrol en la que más de uno se lía con más de una. Más de uno y una se olvidan de todo al día siguiente, pero también más de uno y una no llegan casados a la cena del siguiente año, entre ellos la jefa de Recursos Humanos, que encima cambia de empresa.
Cuestión aparte es el extraño comportamiento humano: los tíos les dice a las tías cosas que jamás les dicen a sus mujeres, y éstas luego hacen con ellos en la cama cosas que jamás les dejan hacer a sus maridos. Pero es éste un tema demasiado profundo para un blog irreverente y superficial como éste.
Y así es y será año tras año, en el que desde los USA se ha establecido una cena prenavideña para el despelote de la empresa, para que los hosteleros compensen las pérdidas del resto del año, y para que las parejas vayan rulando.
PD: Lo mejor de todo es que estoy seguro de que los mismos capullos del Comité escolar de Cataluña que querían que se eliminara Vacaciones de Navidad para decir Vacaciones de Invierno se reunirán en su cena correspondiente y harán y dirán las mismas gilipolleces de los días de trabajo, pero con sus gorritos papanoelescos en la cabeza. Lo que no sé es si la llamarán cena prenavideña o cena preinvernal, que la gilipollez da para mucho.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Diario de un convalenciente: El calendario

Como ya he comentado en anteriores posts el gimnasio es muy grande y en él se realizan muchas actividades. Tantas que en la entrada siempre hay letreros animando al personal a entrar en las clases colectivas. Para informar sobre las mismas hay un enorme mural donde se puede ver un gigantesco calendario semanal en el que se indican cada actividad con su hora correspondiente y la sala donde se realiza.

Hoy me he preocupado por enterarme de qué van las clases ésas de los cojones, porque cada vez que entro la de recepción no hacen más que recordarme que es maravilloso acudir a las clases colectivas. Así que me he puesto de pie frente al mural-calendario. Pero al mirar las clases me he quedado atónito en un primer momento, para luego marearme y buscar asiento.

El mural está lleno de cartoncillos de colores (se supone que según el tipo de ejercicio) y palabrejas extrañas del tipo “step”, “capoeira”, “x45”, “aerobic”, “Kick-box”, etc. No tengo ni zorra idea de para qué sirven esas clases colectivas con nombres tan raros, pero viendo a la gente que sale de ellas con un sofoco tremendo he optado por pasar olímpicamente. Además yo estoy aquí por mi rodilla…

jueves, 3 de diciembre de 2009

Diario de un convaleciente: En el gimnasio

Por fin llegó el día en que el médico me dirige más de 3 palabras seguidas. Sus palabras son “por mi parte ya no le voy a dar más volantes para rehabilitación, pero siga usted rehabilitando en el gimnasio”. Pego saltos de alegría al saber que no veré a Gustav nunca más y, como quiera que mi objetivo primordial es recuperar mi pierna, por fin me decido a apuntarme al gimnasio.

El gimnasio es pulcro, limpio, grande y moderno, del tipo multinacional. Lo he elegido porque está cerca de casa y porque tiene piscina, algo esencial para mi recuperación.

Llego mi primer día, me cambio y me dirijo a la zona de aparatos. Allí recibe al personal un fulano mazas cuyos brazos tienen el diámetro de mi culo (y eso es mucho, oiga). El fulano mazas me pregunta que cuál es mi objetivo. “Recuperar mi pierna” le contesto. Entonces él me mira con aire sobrado y afirma “tienes los hombros huecos”. Me contengo. Cuento hasta 10, pienso “más o menos igual de huecos que tu cerebro, ciclado de mierda”, y le contesto “ya, pero yo vengo por mi pierna”. (Nota: recuerden que a veces es mejor no decir lo que uno piensa, sobre todo si el tipo te puede encalar de un hostia).

Entonces el mazas, que se supone que sabe del asunto, me entrega una lista en que pone cosas de este tipo: “prensa 3x12” ó “press machine 3x8”. Cuando le pregunto qué carajo es eso de press machine y de prensa me mira como si mirara a un subnormal y me explica de qué máquinas se trata. Luego se desentiende de mí y se pira a hablar con otros ciclados sobre técnicas de combate, proteínas de bote y otros aspectos intelectuales.

Antes de comenzar miro a mi alrededor: diversos mazas ciclados levantan toneladas de pesas al tiempo que gesticulan y profieren todo tipo de gritos. A mí me da la impresión de que sólo pretenden que les miremos cuánto levantan, pero es que soy muy mal pensado. De vez en cuando aparece una tetona y entonces los mazas se apresuran a lanzarse contra el espejo (toda la pared es un enorme espejo) para hacer posturetes y tensar músculos. La tetona no parece impresionarse mucho cuando un deltoides se tensa y aparenta ser un balón de fútbol, y sigue a su marcha haciendo lo posible porque el escote no se le suba y alguien pueda no darse cuenta de que sus melones desafían la Ley de la Gravedad, que ya que se pagan se enseñan.

Me olvido de todo ese mundillo de Real Academia y me enfrento a la primera máquina. Me siento en ella. Meto 50 kilos e intento estirar mis piernas. Nada. Bajo a 45. Nada. Bajo a 40 y a duras penas muevo un poquito. Meto 35 y me da para dos repeticiones. Meto 30… mejor 25. Hago mis 12 repeticiones al tiempo que me da la impresión de que me voy a cagar del esfuerzo. Salgo de la máquina tambaleándome y casi sin poder andar. Entonces llega la mencionada chati con sus dos enormes melones siliconados pero con unas piernecillas de alambre. Se sienta con naturalidad en la misma máquina de la que me acabo de levantar, y con una sonrisa sardónica cambia la posición de 25 a 90 kilos para a continuación realizar 50 repeticiones sin enterarse. Me frustro y me largo al vestuario.

Mañana será otro día aunque la pierna será la misma.