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viernes, 27 de noviembre de 2009

Diario de un convaleciente: La chivata

En la sala de torturas no se habla de otra cosa más que del día de la doble tortura, y tanto Juan como yo pasamos a ser las víctimas más populares de este centro infernal de la tortura y el maltrato llamado por sus responsables centro de rehabilitación.

Como los torturados van variando (yo creo que algunos desaparecen enterrados en cunetas), siempre hay alguien que no estuvo presente y me comenta el día de la doble tortura. Entonces yo le digo que fui uno de los torturados y me gano su admiración y respeto.

Es normal que en campos de exterminio y torturas aparezcan delatores. Y hoy ha sido ese maldito día en que ha aparecido una chivata. Los hechos han ocurrido del siguiente modo: Llego allí a ser torturado y me vuelvo a encontrar a Gustav. Acojonado por lo que me espera voy a lo mío y comienzo mis ejercicios. Entonces una chica que no conozco (es su segundo día) se pone a dar conversación, que es muy fácil hablar cuando te pones rayitos infrarrojos en el hombro.

La chica, en plan inocente, le pregunta a Gustav si es él el famoso torturador del que todo el mundo habla, que en un día machacó a dos pobres infelices y que los gritos se oían hasta en la calle. Gustav se ríe, -disfruta recordando el sufrimiento que provoca-, y le dice a la chica que yo soy una de las dos víctimas... "pregúntale a éste", dice. Y ella me pregunta si me dolió. Sólo con mi cara entiende que fue algo horrible, y entonces haciéndose la inocente y la sorprendida comienza el chivatazo: “Pues el otro día estuve con un tal Juan y comentaba que aquello no era para tanto, que no le hiciste casi daño”.

Yo pienso “sí, y para un día que Juan se pone fantasma llegas tú y se lo cuentas al verdugo”. Pero no hay reacción posible. Gustav comienza con sus risitas de mala leche y sus comentarios del tipo “¿Qué no le hice daño? cuando pille a Juan se va a enterar de lo que es el dolor”. Mientras Gustav se enoja y se calienta con el comentario yo no hago más que repetirle que nunca había sentido tanto dolor y que es el mejor y más efectivo torturador que jamás haya conocido. Más que nada por lo que me pueda tocar.

Finalmente me toca forzar la flexión. Y Gustav se venga de Juan en mi rodilla (no les contaré detalles porque mi psicólogo me dicho que es mejor olvidar). Ya moribundo abandono la sala al final de la sesión deseando que el médico que me operó, con el que tengo visita mañana, me dé el alta y me diga que no vuelva por aquí nunca más.

PD: Nunca más he sabido de Juan. Tal vez su torturado cadáver sea descubierto algún día en alguna falsa pared del lúgubre sótano de torturas, al que espero no tener que volver nunca más.

2 comentarios:

Juan Al dijo...

¿Gustav no será el de la cuneta al que se refería Paquito Camps???

silver s moon dijo...

Claaaaro, por eso se puso tan gallito Juan, porque sabia que no volveria a toparse con Gustav, que listillo....

Y a la chivata lo mejor es partirla una pierna para que se entere de lo que es una rehabilitacion con Gustav jajajajjaja.

Un beso

PD: este ordenador sigue si dejarme poner acentos :(