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miércoles, 15 de julio de 2009

Etapa 26: Hacia Chatman (y los indígenas cortagüevos)

Rumbo: S-SO
Distancia a recorrer: 2.286 millas náuticas (4.233 km.)

Tras nuestra apresurada huida intentamos acomodar al nuevo marinero francés en la estrechez de nuestro barco. El tipo habla un español correcto, aunque con un extraño acento jerezano-gabacho al estilo de aquel futbolista y entrenador que estuvo en el Athletic y no recuerdo su nombre (creo que se apedillaba Fernández). El francés (su origen jerezano nos importa un güevo, para nosotros es un gabacho, y para el mono también) no para de repetir cansinamente “¿cuándo vemos el bagco del amor, ozú?”, pero se lo perdonamos porque nos ha salvado del clon francés del doctor Mengele.

Ponemos rumbo N-NO para dirigirnos al destino soñado ¡¡¡¡Bora Bora!!!!. Pero al poco tiempo el barómetro cae en picado y se acercan unas negras y peligrosas nubes. No nos hace falta hablar, una simple mirada y todos nos comprendemos: hay que estar alerta, no llevamos gasoil y apenas nos quedan provisiones. Es lo que pasa cuando sales huyendo de todas partes, no te da tiempo a aprovisionarte.

La tormenta nos entra de proa y nos coge de lleno, empujándonos entre espumarajos y olas de 10 metros hacia un rumbo que no deseamos. Nos vemos lanzados a toda velocidad hacia rumbo S-SO alejándonos cada vez más de Bora Bora, pero no podemos hacer nada por evitarlo. Sin gasoil somos como los marineros de antes, los marineros de verdad que terminaban allá donde no querían ir por los caprichos del destino y del viento.

Tras 3 días de tormenta nos hallamos muy cerca de la isla Rapa. No la vemos pero el gps no engaña y sabemos que está cerca. Sin embargo la mar es caprichosa y los vientos más. Así que la tormenta menea el barco cual pelele, y cuando el viento rola provoca continuos espasmos haciendo crujir el casco y provocando el miedo y la desesperación, hasta el punto de que el francés se olvida del barco del amor y no deja de repetir “mon dieu”. Tras dos días intentando dirigirnos a Rapa nos vemos obligados a desistir mientras el viento nos empuja cada vez a mayor velocidad hacia el sudeste.

Tras varios días y 2.000 millas recorridas contra nuestra voluntad la tormenta comienza a amainar. Finalmente avistamos por fin una isla donde descansar, pues a estas alturas ya ni recordamos Bora Bora.

Ficha de la Isla: Chatman
Ficha técnica: Mirad donde siempre: la wiki. Y si ya os aburre la wiki mirad aquí, aunque está en inglés.
Pertenecen a: Nueva Zelanda
Habitantes: 717
Curiosidades: La historia de las Islas Chatman es la historia de la humanidad y la demostración de que no existen buenos y malos. Al parecer vivía en las islas un pueblo melanesio en cuya cultura era fundamental el respeto al hombre, por lo que no concebían el uso de la violencia entre hombres. Cuando los maoríes invadieron las islas provenientes de Nueva Zelanda aprovecharon esa filosofía de los lugareños para masacrarlos y exterminarlos sin ningún tipo de oposición. Luego los maoríes fueron masacrados por los europeos, tal vez con la misma ferocidad que ellos emplearon contra los indígenas de Chatman. De ahí lo que he comentado antes de que eso de buenos y malos me da mucha risa. (Esto lo he leído en un libro, pero no he encontrado ningún link; espero me disculpéis).
El archipiélago está formado por 8 islas de las que sólo 2 están habitadas: la conocida como Chatman y la isla Pitt. En el enlace de la Wiki se dicen cosas un tanto contradictorias, pero yo me voy a quedar con que los indígenas de la isla castraban a los jóvenes cuando detectaban posibilidades de superpoblación, y que ahora los actuales indígenas quieren recuperar ritos y derechos ancestrales.

Desembarcamos en Waitangi (capital de la isla, con unos 300 habitantes) y somos recibidos por un grupo de neozelandeses que nos indican dónde está el hotel del pueblo. Nos alojamos en el hotel a la espera de que el responsable de pequeño puerto, que se ha ido a pescar, nos reponga el necesario gasoil y los víveres. Por si acaso, compramos algunos comestibles en el pueblo y los llevamos al barco, más que nada por si tenemos que salir huyendo de nuevo.


El hotel es correcto (molaría más una rubia en tetas, pero sale un tipo con pancha)

Mientras esperamos a que el responsable del puerto vuelva de pescar (el muy cabrón se ha ido varios días) nos dedicamos a recorre la isla, visitando los pueblecitos de Owenga, Kaingaroa, Wharekauri y Port Hutt.


Owenga es un poco más pequeño que Nueva York


También visitamos varias playas y los lagos que abundan en la isla.


Las playas no están mal (de los lagos no he conseguido ni una foto decente)

Al quinto día varios indígenas nos invitan a unos festejos que van a celebrar, y acudimos gustosos porque la isla será bonita, pero es aburrida de cojones. Cuando llegamos, los indígenas nos cuentan que reclaman sus derechos ancestrales y que van a realizar varios bailes y ritos de sus antepasados. Se comen una especie de hongos (no llegamos a verlos bien) y empiezan a sufrir espasmos y bailar frenéticamente en grupo. Las sustancias alucinógenas ingeridas hacen que por un momento se vean en el siglo XIX cuando su cultura era la única del lugar.

De repente uno de los indígenas grita que la isla está demasiado poblada. Como ya nos hemos informado sobre las costumbres ancestrales de esta gente nos acojonamos. De nada sirve que les digamos que somos pocos y que en la isla caben muchos más, de nada sirve decirles “esto no es nada, si estuvierais en Hong-Kong ibais a flipar”, de nada sirven los ruegos del francés suplicando que se los corten, pero después de visitar el Barco del Amor. Ninguna súplica sirve de nada. Nuestros huevos, testículos, pelotas, cataplines, cojones … nuestras partes nobles, nuestro centro de gravedad… nuestro yo está en peligro y puede caer cortado cual rama de un árbol tras la poda. Nada puede describir el terror que siente un hombre cuando ve que le van a cortar los huevos, así que me ahorraré más palabras al respecto.

Pero hasta cuando se está rodeado de indígenas con cuchillos dirigiéndose a tus huevos siempre hay algún valiente con una solución. Ante la sorpresa de todos, el manitas se saca del bolsillo una polla de esas con patas que se usan en las despedidas de solteras para que corran a saltitos por la mesa y las peligrosas invitadas se rían un rato. La polla da saltitos y todos los indígenas se lanzan con sus cuchillos para convertirla en láminas. Pasamos de preguntarnos por qué el manitas lleva este artilugio entre sus ropas, lo importante es que eso nos salve.

Ese segundo de distracción nos da una oportunidad y salimos corriendo perseguidos por los indígenas cortagüevos. Esta vez pillamos al mono desprevenido durmiendo la siesta, pero el ansia del francés por visitar el Barco del Amor hace que llegue el primero y suelte cabos. Cuando llegamos el barco ya está en marcha.

Un indígena atacando (que levante la mano el que no saldría corriendo)

El mismo destino y el mismo viento que nos trajo a esta isla infernal tiene el detalle de sacarnos de allí enviando una fuerte brisa que hace inútiles los intentos de los indígenas cortagüevos por alcanzarnos con sus piraguas. Finalmente a todo trapo abandonamos una vez más una isla con la huida correspondiente. Tal vez vayamos a Bora Bora en otra vida…


- El viaje completo en este link.

2 comentarios:

Little dijo...

Más de un cortagüevos necesitaríamos de vez en cuando....

Anónimo dijo...

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