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jueves, 21 de mayo de 2009

Etapa 18: Hacia Diego Ramírez (y el preceptivo pendiente)

Y en el culo del mundo... las Islas Diego Ramírez

Rumbo: SO-O
Distancia a recorrer: 508 millas náuticas (942 km.)

Cuando el destructor “Shit of sea” da media vuelta mostramos nuestro júbilo gritando y dando saltos en cubierta, pero cuando nos queremos dar cuenta los saltos obedecen al inútil intento de entrar en calor. El frío es insoportable, el viento castiga nuestra mejillas y se nos clavan agujas de hielo en la piel. Apenas podemos mover nuestros entumecidos dedos y en las orejas nos cuelgan unos sabañones que parecen pepinos. La cubierta y todos los cabos están cubiertos por una espesa capa de hielo, y mientras observamos el velamen helado tiritamos de tal forma que nuestros dientes forman un concierto de castañuelas. Reunidos en popa aprovechamos un breve momento de cierta calma para conversar y prepararnos para el que puede ser el momento más difícil del viaje: doblar el Cabo de Hornos.
El listillo nos pone en antecedentes y nos cuenta cómo es el paso de América del Sur: al Norte el Cabo de Hornos, al Sur la Península Antártica, en medio el Estrecho de Drake que es por donde hay que pasar. El estrecho forma una depresión donde confluyen el final de los Andes con los inicios de las montañas Antárticas. El continente helado está libre por todos los lados menos por el estrecho de Drake. Existe una corriente circular dominante que da vueltas alrededor de la Antártida, pero cuando llega al estrecho de Drake se produce un estrechamiento y se da el efecto embudo, de tal forma que la corriente enloquece generando olas de 15 metros y unos vientos helados de 160 km/h. Además en este mismo punto coinciden la plataforma Atlántica y la plataforma Pacífica, chocando la gran masa de mar que viene de gran profundidad desde ambos océanos en una zona poco profunda. El resultado es el más difícil paso de navegación del planeta, increíbles corrientes impredecibles, vientos huracanados, tormentas bestiales… y a ello hay que añadir un frío mar repleto de bloques de hielo. Se cuentan por cientos los barcos que han naufragado en el Cabo de Hornos, y nosotros vamos hacia allí. De hecho aun hoy en día se considera una proeza doblar el Cabo de Hornos a vela, proeza que da derecho a ponerse un pendiente. En los antiguos tiempos de la navegación a vela los marineros que llevaban un pendiente eran respetados por ser hombres que habían doblado el Cabo de Hornos.


Así se ve el Cabo de Hornos un día tranquilo y soleado

Encima hay que sortear peligrosas rocas entre el oleaje

Aún no han terminado las explicaciones cuando nos vemos lanzados a gran velocidad en una espiral de vientos helados. El barco se zarandea y la proa da golpes sordos con el batir de cada ola. Todo cruje y parece que el casco se vaya a partir en dos. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que cada ola que barre la cubierta está al límite de la congelación. Parte de la espuma se queda helada, y la otra parte nos deja los miembros tiesos y nos llena de calambres. Todos estamos alerta, nadie descansa, y andamos por cubierta con arneses, puesto que una caída al mar significan 3 minutos de vida por culpa de las frías aguas.

Cuando vemos el Cabo de Hornos todos nos alegramos y estamos orgullosos, pero no mostramos ninguna alegría porque todos nuestros sentidos se centran en no morir aplastados contra las rocas. Finalmente llegamos a una zona algo más tranquila y vemos en la lejanía un lugar donde por fin descansar. Se trata de unas islas frías y absurdas que, recién doblado el Cabo de Hornos, nos parecen paradisíacas.
Nota: Como hay quien ha doblado el Cabo de Hornos y encima escribe mejor que yo, os lanzo dos enlaces: uno y otro.
Como estas islas no salen ni en el Google, os pongo este mapa (las Islas Diego Ramírez están abajo del todo: si pincháis sobre la imagen lo veréis mejor)

Ficha de la isla: Islas Diego Ramírez
Ficha técnica: Como siempre vamos a lo fácil: la Wiki.
Pertenecen: A Chile
Habitantes: Desierta. Sólo viven allí con carácter temporal 2 meteorólogos de la Armada chilena.
Curiosidades: Como casi todas las islas, éstas fueron descubiertas por los españoles en el siglo XVII. En las islas no hay ni un puñetero árbol, hace un frío de cojones, y están constantemente barridas por vientos huracanados del noroeste. En la isla principal, llamada Isla Gonzalo, existe un centro meteorológico de la Armada chilena. En definitiva: otra isla absurda a la que envían a unos incautos e infelices investigadores a que se pudran allí.

Al llegar a la isla nos cuesta mucho encontrar fondeadero, ya que los vientos hacen casi imposible mantener quieto el barco. Los dos meteorólogos nos reciben co alegría. Nos cuentan que llevan 23 meses abandonados allí y que ya están hartos de jugar al ajedrez. Cuando les decimos que venimos a vela desde el este alucinan y nos toman por héroes, puesto que la navegación a vela por el Estrecho de Drake en sentido E-O es muchísimo más difícil al tener los vientos dominantes en contra.

Los pobres meteorólogos viven ahí

Los meteorólogos muestran su júbilo al ver que llevamos dos corderos malvinenses. El problema es que están duros como piedras por la congelación. Pero ellos llevan mucho tiempo allí, y en apenas 30 minutos queman unos líquenes, los descongelan, les quitan la piel y los limpian. Comemos los dos corderos asados, y encontramos un perfecto maridaje con un vino de líquenes y musgos de fabricación propia que nos enseñan estos pobres infelices (más que nada porque aquí no tenemos otra cosa). De nuevo los meteorólogos nos hablan de un barco del amor en el que tremendas mujeres capturan a los marineros y los usan para sus placeres. Ya comenzamos a creernos la leyenda de la que tanto se habla por los fríos mares antárticos, así que aún bebemos más vino de líquenes y musgos.
Finalmente nos ponemos en fila e iniciamos el ritual de ponernos el pendiente (por si alguien no lo recuerda, en la etapa prólogo se decía que llevábamos una caja con pendientes en previsión de esto). Para el mono reservamos el pendiente más bonito, que se lo ha currado en los foques y el tangón de proa.
Con las orejas ensangrentadas, con el estómago lleno a costa de los pérfidos ingleses de las Malvinas, y con el gaznate contento por un asqueroso vino de líquenes y musgos, nos sentimos los más grandes. Estamos hechos polvo, pero hemos doblado el Cabo de Hornos. Ahora sí que somos marineros.

- El viaje completo en este link.

2 comentarios:

Little dijo...

Y ya podéis morir por esos mundos de Dios que con el pendiente de oro se podrá pagar vuestro entierro.

JL dijo...

¿Y si el pendiente te lo pones rodeando cierta forma cilíndrica cuan anillo filipino, qué tipo de respeto te profesarán? ¿Intrusivo, humedecedor o empuñador?

De barco del amor, a mí el único que me suena es el del Capitán Stubing, la relaciones públicas Julie, el doctor Baxter, el barman Isaac y el sobrecargo Gopher. Pero ese navegaba los sábados de Los Angeles a Puerto Vallarta.