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miércoles, 8 de abril de 2009

Etapa 9: Perdidos... y a merced del candirú

Rumbo: Ni se sabe
Distancia recorrida: Con el miedo al candirú nos la trufa la distancia
Cuando Errol Flyn o George Clooney padecen una gran tormenta en alta mar todo es épico y grandioso. Pero en las pelis no nos cuentan los pequeños detalles. Por ejemplo cómo el continuo contacto con el agua del mar te empapa la piel. Cómo la piel se reblandece y arruga bajo la ropa y llega a desprenderse en pequeñas bolitas gelatinosas. Tampoco nos dicen nada acerca del efecto de la sal en la piel: los continuos movimientos hacen que la ropa empapada de agua salada te roce continuamente. Lo que empieza siendo una pequeñas escoriación con picor se termina convirtiendo en una herida abierta sangrante.
La humedad entumece los músculos, el dolor te agarrota, la sangre brota de las ingles y axilas empapando la ropa interior. Los ojos enrojecidos por la sal y el cansancio apenas pueden mantenerse abiertos… pero lo peor no es todo esto. Lo peor es que no puedes ni preocuparte de tus dolencias porque hay que estar atento y despierto. Un error y te comerán los peces en el fondo del mar… No. Todo esto no nos lo cuentan en las pelis…
La tormenta comienza a amainar, pero no por ello deja de dar miedo. El barco se mueve como en una montaña rusa. Sube, pasa el momento crítico de la cresta de ola y baja al fondo del valle que forman las olas. En algunos momentos nos encontramos en el fondo del valle rodeados de columnas de agua por los 4 costados. Es estremecedor.
Tras un día y una noche más el tiempo amaina. Por fin la mar está en calma. Estamos tan reventados que decidimos descansar antes de tomar decisiones, así que se queda uno de guardia para mantener el barco al pairo hasta que decidamos qué hacer. Tras los turnos de rigor por fin todos hemos podido descansar algunas horas. Ha llegado el momento de reunirnos en cubierta y hacer balance de los daños: alguna vela rota y algún cabo suelto… nada que no se pueda resolver con un poco de trabajo. A esto se le llama suerte. Lo peor es que no funciona ningún elemento electrónico: ni al radio, ni el gps, ni las cartas digitales de navegación. Nada… El manitas se pone manos a la obra para arreglar la electrónica, pero de momento sólo puede nadar en un mar de cables sin solucionar nada.
A continuación viene lo más importante: saber dónde estamos. A falta de electrónica siempre nos quedará el sextante, pero el cielo sigue nublado. Y así no se pueden realizar mediciones de paralelaje. Por ello en la madrugada tenemos que apelar a la lógica. Primero nos damos cuenta de que hace mucho calor. Luego nos fijamos en que amanece repentinamente… Primera conclusión: debemos encontrarnos cercanos a la línea del ecuador. El calor es sintomático, pero los amaneceres y atardeceres sin crepúsculo son la confirmación.
Ya sabemos la latitud, pero nos falta determinar la longitud. Con tanto oleaje y movimiento hemos perdido completamente la noción del espacio, así que lo mismo estamos junto a Guinea que junto a Brasil. Se escucha un golpe suave… algo ha chocado contra el casco del barco. Nos asomamos por la amura de estribor y vemos que se trata de un árbol… sin duda nos encontramos cerca de la costa. Insectos… vemos nubes de mosquitos, algunos pájaros. Sí que estamos cerca de la costa.
De repente me doy cuenta de un detalle importante. El agua está completamente marrón. Mi cabeza por una vez se pone a funcionar y cuando veo que alguien pretende orinar por la borda le grito -“¡¡¡¡quieto!!!!” Y de un golpe lo tiro hacia la cubierta. A continuación salen dos marineros más con unas cervezas para disfrutar del primer momento de relax en una semana… me lanzo sobre ellos, se las arrebato, las vuelvo a meter en la nevera, cierro el candado y grito - “¡¡ la cerveza queda prohibida!!”. Cuando me dispongo a explicar mis razones uno ha cogido el bichero, otro un cuchillo y otro un arpón y se dirigen contra mí con caras asesinas. Me subo a lo más alto del mástil… motín a bordo.
Nadie atiende a razones cuando yo intento explicarme: “estamos en el ecuador y el agua esta marrón. Eso sólo significa una cosa: estamos en la desembocadura del Amazonas”. El cabecilla de la rebelión carga el arpón y me apunta con cara de pocos amigos. Le miro y, casi suplicante grito - “¡¡CANDIRÚ!!”. El arponero duda, se lo piensa, y repentinamente baja el arpón, lo descarga y se sienta… “ey, dejadle bajar de ahí”, dice a los demás.
Todos se calman y entonces el mismo arponero explica el por qué de mis decisiones: - “estamos en la desembocadura del Amazonas, el único río del mundo capaz de convertir en agua dulce toda el agua que encuentra 300 km. mar adentro. Y donde hay agua dulce habitan animales de agua dulce. Y de entre los pececillos de agua dulce que habitan el Amazonas se encuentra el simpático candirú o pez vampiro, que vive de chupar la sangre de otros peces enganchándose a sus agallas”.
- “¿Y a mí qué?” contesta un valiente con la cara enrojecida.
- “¡Calla melón! Y escucha. El candirú mide entre 2 y 7 cm y es transparente, lo que lo hace indetectable en el agua. Pero lo más curioso es que siente una inexplicable atracción por la orina. Cuando alguien mea este simpático pez se pone muy feliz y contento. Y lo celebra con alegría metiéndose por el orificio. Tú sólo sientes un dolorosísimo y tremendo pinchazo y, cuando te quieres dar cuenta lo tienes dentro. Sí, sí, lo has entendido bien. Dentro de tu picha. Allí el candirú prosigue con su simpatía y te clava unos ganchos en la uretra que hacen que sea imposible sacarlo porque te desgarrarías y destrozarías tu querido amigo el miembro. A partir de ahí todo depende de la simpatía del pececillo y de tu suerte. El pobre animalillo te chupa la sangre (que para eso es el pez vampiro), y si tienes suerte se siente realizado y se queda paradito dándote tiempo a llegar a un hospital donde abrirán en canal tu querida picha para sacarlo. Pero como le dé por buscar su lugar en el mundo estás perdido. En su búsqueda se mete cada vez más dentro mientras provoca peores y más cruentas heridas internas. Te destroza el esfínter, te destroza la próstata y, mientras notas unos "bocaos" en el escroto terminas muriendo desangrado entre alaridos. O eso o el cuchillo... tú ya me entiendes. Yo personalmente prefiero morir de forma deshonrosa (véase la etapa anterior acerca de la muerte sin honor), que morir como un héroe con un candirú en la picha."
- "Vale que hay water en el barco" - añado, - "pero el water desagua en el mar y podría colarse algún candirú. No seré yo quien use el water ni quien mee por la borda. Y por si acaso no beberé cerveza..."
El valiente torna el rojo de su cara en un blanco cobarde mientras sudores fríos le recorren la frente. La rebelión ha acabado y todos me agradecen los avisos. Por lo demás nos olvidaremos del motín: primero porque ya no se estila colgar a la gente de los pulgares, segundo porque me quedaría solo y tercero porque es comprensible un motín cuando prohíbes beber cerveza después de una semana soportando una galerna.
En una cosa nos ponemos todos de acuerdo: No sabemos qué sería peor. Sufrir el candirú en nuestra propias carnes o ver a un compañero con el candirú dentro.
Finalmente la nubes se disipan y podemos hacernos una idea de hacia dónde dirigirnos. Así que continuamos viaje hacia nuestro destino inicial, del que nos hemos desviado tan solo un par de miles de kilómetros. Nada que no se arregle con dos semanitas de navegación...


¿Os imagináis eso dentro de vuestro miembro? Si lo veis cerca esconded la picha.

- El viaje completo en este link.

1 comentario:

Little dijo...

jojojo el bichejo tiene nombre asturiano :P