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lunes, 1 de diciembre de 2008

Dentistas

Un día cualquiera notas un leve dolor en una muela. Sólo de pensar en la palabra “dentista” lo dejas pasar. Sin embargo el dolor de muelas es díscolo e insistente y, lejos de irse, cada vez aumenta en presencia e intensidad. Como no tienes más remedio terminas llamando al dentista y… amigo, estás perdido. Se inicia una carrera de obstáculos difícilmente imaginable:

Conseguir cita: Llamas por la mañana a tu dentista habitual y un contestador te indica que llames por la tarde. Llamas por la tarde y comunica. Pasa un día y el dolor aumenta. Llamas de nuevo y oyes otra vez la grabación… pasa otro día. Harto decides acudir a otro dentista que te aconsejan y llamas al número que te han dado. Otra grabación. Por la tarde te contesta una señorita con voz de pedorra “lo sentimos, si quiere pedir cita llame mañana a partir de las 11:30”. ¿Y por qué no apuntar la cita ahora? le contestas amablemente. Pero se niega, tiene que ser mañana. Irritado y con la muela dolorida te cagas en sus muertos e insistes en el primer dentista y ¡¡¡por fin!!!, alguien descuelga el teléfono.

La chati que contesta no es tan cretina como la anterior y sí está dispuesta a apuntarte sin volver a llamar. “Tengo un hueco dentro de dos meses” ¿Dos meses?, para entonces no tendré ya dientes. Pero la chica es sufrida y simpática, “espera un momento, te puedo coger dentro de 10 días en un hueco de un cliente que ya no viene (-¿se habrá quedado sin dientes de tanto esperar?-).

La espera: A los 10 días tienes la cara desencajada por el dolor y estás desesperado, por lo que acudes a tu cita con tu dentista a primera hora de la tarde. Te abren la puerta y te hacen pasar a la sala de espera.
Las salas de espera de los dentistas suelen estar hechas de retales, un sofá, tres sillas y dos sillones cada uno de un lugar distinto y que no pegan ni con cola. En la pared cuelgan 400 títulos para impresionar al personal, pero si te dignas a mirarlos verás que la mayoría son de cursos de 3 horas en Río de Janeiro o en La Habana (-a saber la de cubatas bebidos y chatis beneficiadas por este dentista en sus congresos para conseguir el titulillo, piensas-).
Cuando entras en la atestada sala de espera saludas con un claro y contundente “buenas tardes” y, salvo una señora mayor que contesta educadamente, sólo consigues arrancar un par de gruñidos de unos y el silencio de otros.
Te sientas. Dos niños corretean alrededor de una mesa llena de revistas dando patadas a todo el mundo sin que a la madre le importe un güevo, que el “Hola” debe estar muy interesante.
Cuando llevas casi una hora de espera te decides a leer alguna revista. Miras la mesa: allí se amontonan decenas de revistas arrugadas de tanto manosearlas. Es común entre los dentistas no cuidar demasiado el tema de las revistas de su sala de espera, de tal forma que te encuentras las mismas revistas que leíste en tu anterior visita 5 años antes y que ya entonces estaban anticuadas: “Paquirri e Isabel Pantoja se casan”, “Julio Iglesias posa en su casa junto a su mujer Isabel Preysler” o “Gran éxito en la Gala de Pablo Abraira”. Ojeas tan interesantes noticias mientras pasa la tarde. Dos horas más. Te aburres. Toqueteas tu móvil. Una hora más. Vuelves a releer la noticia sobre el estreno de “E.T. El extraterrestre” y entonces llega el gran momento en que mencionan tu nombre.

El potro de tortura: Los dentistas son torturadores profesionales. Pero no crean que son burdos, les gusta la finura. Por eso es impepinable que te sienten en una silla que parece un potro de tortura y te dejen allí abandonado media hora más. Allí sentado observas los tubos y maquinitas que salen de la silla. Al rato toqueteas e incluso aprietas el botoncito del grifo. Te asustas al ver que el agua no para de salir pero al final consigues apagarlo.
Cuando entra el dentista estás de los nervios, pero eso es precisamente lo que él quiere…

La tortura: Empieza la faena. Abres la boca, te meten un tubo que aspira la saliva con un horrible ruido que suena algo así como ffffffiiiuuuggllllrrrrjjjjjjjjj...
Hay dos tipos de dentistas: los mudos y los parlanchines. Los primeros se dirigen a ti con gruñidos y gestos. Los segundos te fríen a preguntas a las que tú sólo puedes responder con un gggrmmmmgggggg. Pero eso parece que les mola porque siguen preguntando.
Hay otra cosa que no falla en el dentista: cuando más sufres con la boca abierta y la escenificación de “La matanza de Texas” en tus encías, el dentista le pide ayuda a la enfermera. Y entonces es inevitable que te meta la teta en la oreja. Si no has ido a un dentista no te hagas ilusiones, notar una teta en la oreja con la boca dormida y un psicópata urgando entre tus dientes no tiene nada de libidinoso.
Cuando te vas con la boca acorchada por la anestesia juras no volver nunca más. Pero volverás, seguro que volverás…

PD: Hay psicópatas que asesinan en serie y cosas así. Pero también los hay que encuentran una salida profesional a su enfermedad. A ellos les dedico este post, a los amigos dentistas.